sábado 25 de junio de 2011

texto leído en la presentación del libro La Plata, ciudad inventada. 23 de junio de 2011. En Cita.

empezar por un lugar


“Para vivir hay que jugar, hay que seguir
mirando el cielo o mirando el fin
Yo prefiero más una canción
que hable de vos, de tu corazón
Los 90, Estelares.

Alguien ayer me preguntaba cómo iba a empezar a hablar de esto. Le dije que no lo sabía porque los mejores principios son los que aparecen de manera consciente e inconsciente al mismo tiempo. Para esa altura, entonces, ya lo estaba pensando demasiado como para que sonara espontáneo. Y lo cierto es que el principio del libro fue bien natural, azaroso, poco mítico y afortunado. Como llegar a esta ciudad hace once años. Como encontrar una casa, un departamento, como encontrar amigos, una facultad, qué hacer los viernes por la noche, un disco que contuvo una canción fundamental que, como diría el Indio: "puede cambiarte la vida", aunque la canción encontrada no haya sido suya.
      Yo que vos conectaría con el espíritu de libro– me dijo.
Lo pensé seriamente. Pero para realmente poder eso… tendría que estar ahora en plena oscuridad o con la luz muy tenue de alguna velas y haber tomado ya un vaso de vino y poder mirar sin ver a tanta gente. Con lo cual esto más bien parecería una sesión espiritista… 
No sé tampoco cómo habrá sido la posta del mito fundacional. Quizás los propios masones acudieron a ritos semejantes en los días en que andaban pensando por estos territorios plantear una nueva ciudad. Pero como creo que muchísima gente –entre la cual me incluyo– puede que no esté preparada para semejante ceremonia, lo del espíritu del libro se los voy a deber... Me arriesgo a decir que el libro habla por sí solo sin necesidad de que oficie de Medium. Y habla también en nombre de tanta gente que lo hizo o lo leyó.
Iría por cosas más concretas y accesibles ahora…  Diría que el libro es algo personal muy colectivo. Casi que no tengo forma de evitarme pensar este libro en esa tensión: yo y los otros. Me di cuenta que no puedo pensarme si no es así. Y que no puedo acceder al mundo, a los demás, a sus mundos, puertas y obras si no es desde una mirada propia. Puede que suene retórico y obvio, pero es un poco lo que me pasa. Creo que estaríamos de acuerdo en aceptar que somos todos medio Frankestein. Hechos, armados, cosidos con pedazos de criterios, lecturas, ideas prestadas.
El libro fue surgiendo mientras se hacía y me exigió pelear contra mi voluntad de control e ir abriendo la cabeza, perdiendo el miedo a salir de muchos lugares: el primer boceto; mi propia casa; la incógnita al respecto de qué pensarían esos otros frente al delirante planteo que les estaba haciendo; cierta inseguridad de ponerme a coordinar el trabajo de gente que hace cosas que admiro y a la que le estaba proponiendo hacer con sus fragmentos un recorrido mayor; una puesta en juego en un conjunto que se iba componiendo en el camino. El libro creció por encima de la estructura que se me ocurrió al comienzo y como las plantas, que crecen entre las grietas de los muros, aprendió a vivir con estas cosas. Con las grietas y con los muros.
El libro es –ahora que está listo; no siempre lo fue– un objeto de felicidad. Decía que no siempre fue eso ni un objeto tangible, un criterio ya puesto en juego, un orden –discutible pero uno al fin– y un registro de tantas huellas propias y prestadas. También fue un arrojo absoluto. Una voluntad de acción  y un obrar que no siempre fue entusiasta. A veces se veía nublado y la voluntad de acción podía parecerse a un naufragio. Allí estuvieron los otros, entonces, ayudando a no perder la convicción del norte aunque el rumbo pudiera ser más digresivo. 
El libro fue un desafío que me hice: tratar de contarle a las personas que no son de acá -y que no logran entender porqué una chica que nació al borde del mar prefiere quedarse al lado de una petroquímica, en una ciudad llena de ruido, edificios grises, autos que tocan bocina y calles que no tienen nombre- qué es lo que me enamoró de este lugar. Pero para esclarecer los condimentos del amor no alcanzan ni todas las páginas, razones, obras o fotos del mundo. Es una sensación vital intransferible y de la misma  coincidentemente, terminaron hablando todos los autores de este libro. No voy a decir ahora que no los induje, pero fue a fuerza de creer en esto.
El libro fue un afán por ir al riesgo sin ninguna garantía de mí, ni de la posibilidad de hacerlo real, ni de esos otros que salí a buscar y a convencer de que eran necesarios –ellos, sus historias y sus obras– para contar una ciudad. Literalmente, para empezar por un lugar desde donde hacer un mundo actualizado en sus ideas; reflexivo de su historia más reciente; convencido de la importancia del tránsito por este mundo con algún sentido.
Y es ahora un objeto de felicidad... cuando sé que no fue en vano el paso por tantas personas y lugares e historias que me prestaron, que no eran mías pero que se parecieron a las que me habían pasado y que eran importantes para los otros. Es ahora una forma de estar en el mundo que es compartida por varias generaciones que perciben la realidad en un marco de criterios; enfocada desde un ángulo. Que es desde el lugar desde donde uno está parado dando su compromiso; prestándose a los otros; poniendo sus fragmentos más personales e íntimos que es posible un mundo mejor.
No pensé que iba a ser tan entusiasta al final del recorrido de esta travesía o –quizás– en el comienzo de una nueva. Pero todo puede suceder cuando uno se autoriza a que las cosas que sueña le ocurran.

2 comentarios:

emebé dijo...

dónde puedo comprar el libro? Me perdí la presentación y quiero hacer un buen regalo...

Anónimo dijo...

Hola, me gustaria saber como puedo hacer para comprar el libro, muchas gracias