Banda de turistas
En la puerta de casa dejé un cartel que decía: nos fuimos todas de viaje. La que se queda pensando; la que prefiere obrar; la que siempre camina por el conocimiento. Volvemos en unos días. Deje sus mensajes bajo la puerta o después de la señal. Muchas gracias.
Hotel
Me quedé pensando que, tal vez, tenías razón. Que ya no es hora de andar deambulando. Que sería mejor quedarme quieta en algún lugar… Pero aún quién sabe dónde. Seguramente por eso –porque tenés una razón tan exacta, tan parecida a la mía– buscaría un hotel, un refugio por hoy. De vos y de mí. Dormiría sola, escucharía a Neil Young, escribiría un rato. Miraría por la ventana cómo ante el avance del tiempo se va durmiendo todo, hasta la noche, bien tarde. Tomaría whisky, como si me gustara, aunque nunca haya podido ni siquiera tragar un mínimo sorbo. Jugaría a la que no me animo a ser: una turista con salud y tiempo de sobra como para malgastar su vida; una chica sin culpa, en Chelsea hotel, remando de a poco el inicio del día con el sol de frente.
Alquilo playa
De pronto se me ocurre una casa en la playa. Sillas pintadas de blanco un poco despintadas. Otros muebles de colores. Plantas, ensaladas… Todo, self made. Pareos colgando de la barra, del techo, de la mesa de luz como si se pudiera vivir sólo de vacaciones. Una guitarra a mano, montones de lápices, de chicos, un sólo papel para escribir y borrar, así, tantos años viejos. Bombachas, pijamas, juguetes, montones de mallas y trajes de neoprene. Y no constuir más sentidos. Constuir… por ejemplo… una casa, una hamaca paraguaya y colgarla entre las barandas al mar y el marco de la puerta para que todos nos sentemos allí –en el atardecer– a comer fruta, a cantar y a componer canciones diferentes, como Celeste Carballo, pero sin esa voz. Con una orquesta.
Quizás sea eso… lo único que quiera. Volver al mar. O a donde siempre estuve: en el borde de todas las cosas. Del suelo firme y el gigante océano. Abrumador, pero vital más que el suelo firme. Otra costa, un nuevo principio, un nuevo mar. Uno, por lo menos, ruidoso, feliz y voraz. Uno como una respiración agitada en la noche, como la humedad del aire en la mañana, como cualquiera de esos ruidos que hacen los regresos; la pura espuma que termina quedando de las olas… Esa que no hay forma de limpiar con gel desmaquillante, de devolver al mar.
Citi–zen
Caminar por París. San Petersburgo, Brasilia, New York, Tokio y hasta por un jardín luxemburgués. Distribuir postales para que cada cual tenga en el buzón que le vendieron mejores palabras. Cargar en la mochila con todos los viejos mapas para rehacerlos. Con todas las apuestas que quedaron truncas porque no hubo tiempo, ánimo, esperanza. Reponer en el mundo un mensaje de unión, de igualdad. Imponer la paz como Caetano Veloso y, luego, hacer silencio. Ir en busca de –sin intentar capturar– la sabiduría.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada