27 de octubre
9.30 de la mañana me despierta por teléfono mi mamá: “Hola. ¡Feliz cumpleaños! ¿Estabas durmiendo? ¿Sabés…? Murió Kirchner. Prendé el televisor”. Hace cinco años desenchufé el televisor de mi casa. No fue una decisión a futuro. Fue un evento tan trivial que ni siquiera lo recuerdo precisamente. Recuerdo, sí, el último evento político que miré por televisión: eran las elecciones del 2003. En primera vuelta, Menem le ganaba a un gobernador sureño por apenas dos puntos e iban a ballotage. Me acuerdo de esa tarde fría de domingo mi desazón. Yo estaba sentada en un sillón de la casa de mi padre frente al televisor y al mediodía habíamos tenido una de las tantas discusiones políticas insondables. Yo estaba cansada de discutir sobre política en todos lugares a los que iba –lugares tan distintos entre sí– y terminar en todos en la misma sensación: cansancio, impotencia, calentura, distancia de las personas, incapacidad de obrar. Hacía cinco años que estudiaba Periodismo y todo el tiempo en la facultad se hablaba de política. Todo sonaba más o menos vacío. En determinado momento mi padre señaló con el control remoto en mano el televisor. “¿Qué país es el que decís que tenemos? ¿Ves que tus ideas no resisten la realidad?” Ganaba Menem por dos puntos. Más o menos por esa fecha dejé de ver televisión, de leer diarios, revistas, de opinar sobre política. Comencé a leer más ficción; a escribir, a pensarme más lejos del periodismo; más cerca del arte y de la edición de libros. No se podía contra todo. No se podía contra esa realidad, ni contra el periodismo, ni contra los entretenimientos de Tinelli, ni contra las secuelas de la crisis del 2001, la gente quejándose todo el tiempo, las placas de los noticieros afectos siempre a los obituarios de muertes por violencia, contra el Estado de caos permanente. Mucho menos se podía contra todo.
Me enteré por voces de terceros que había ganado Kirchner en segunda vuelta y desde entonces así comencé a enterarme de las escasas noticias que la gente comenta en lugares públicos y reuniones, pero había sido tan fuerte la imagen de la elección vista, que yo había elegido, entonces, olvidarme del país. El país, ese, no me importaba, no me representaba; solo me traía discusiones vacías con personas de distintos sectores y no me conducía a ninguna parte.
Pero, de pronto, es la mañana de este día 27 de octubre de 2010 –día de mi cumpleaños 29 y del Censo Nacional; año del Bicentenario– y Néstor Kirchner se muere. Entonces dejo el celular sobre la cama, camino hasta el televisor y todavía dormida, lo enchufo.
Ante la noticia de la muerte sobreviene la catarata de imágenes difusas, dispersas, distantes… Vuelven desordenadas del desuso de la memoria, del letargo de la siesta, de la inercia y afloran para ordenarse de alguna manera e instalan, de golpe, una especie de certeza: todo lo transitado no ha sido en vano. Ciertos caminos nos obligan a estar acá. Donde estamos. Y lo primero que aparece es una postal en la playa. Estoy leyendo en un barcito a la sombra un libro que me pidieron que lea en el ingreso a la facultad: Operación masacre, de Rodolfo Walsh y hay una parte de su prólogo que dice: “Recuerdo la incoercible autonomía de mis piernas, la preferencia que, en cada bocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que volvieron por su cuenta dos y tres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que la última no tuvieron necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de fuego y estábamos en mi casa. Mi casa era peor que el café y peor que la estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en la cocina y en los dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomado aversión a las casas que están frente a un cuartel, un comando o un departamento de policía. Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: “Viva la patria” sino que dijo: “No me dejen solo, hijos de puta”. Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles han sido ejecutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez? Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela seria que planeo para dentro de algunos años y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo. La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba”. Pero por alguna razón no ocurre allí sino ahí, donde está él y lo escucha y lo ve y la historia lo encuentra y ya no puede volver al ajedrez o decir: “la política no me interesa”. Porque la historia le es ineludible.
Tengo dieciocho años cuando leo este prólogo y subrayo esta parte. Pienso, entonces, ¿cómo hará alguien para sentir que la historia colectiva lo reclama y lo hace a título personal? Pienso, entonces, cómo será que a uno la historia lo venga a buscar, le golpee la puerta; le perfore el vidrio en el que, del otro lado, uno se halla intentando jugar al solitario oficio del escritor y ajedrecista. Pienso, entonces, si alguna vez voy a saber de qué se trata una cosa así y cómo serán las circunstancias de eso. En mi imaginación hay héroes y villanos y tiros que vuelan y yo soy una periodista comprometida con el mundo cargado un romanticismo trágico en el que –yo supongo entonces– están envueltos sucesos así y no esta chica de casi treinta años que bosteza frente a un televisor que acaba de encenderse después de años, para volver a traerla a la tierra y hacerle recordar que alguna vez, entusiasmada con la idea de una periodismo riguroso y de alguna especie de justicia, se anotó en la facultad de Periodismo.
28 de octubre
No les ocurre a los otros sino a nosotros. Ahora, de pronto, por primera vez, nosotros somos el pueblo: los jóvenes de treinta años que escuchamos hablar de todo y nos las ingeniamos para no ser parte de nada, ante el desmejoramiento paulatino del país. Nosotros somos el pueblo. Los presidentes –el ex presidente recientemente fallecido; la presidenta– se parecen a nosotros: intelectuales de clase media cuyos discursos pueden ser movilizadores, incendiarios, temibles, sensibles según –claro– según quién escuche. Y pensamos, absortos, frente a los televisores o en la plaza: “pudo ocurrir de otras miles de formas: la muerte en un momento menos crucial”. Pero el punto es que hay cosas que ocurren en ese preciso momento y de pronto todo cambia.
Las convicciones ocurren, también, a veces, en el momento menos previsto; en algún lugar del tiempo y en algún momento del espacio en que confluyen la historia social política colectiva con la historia individual –generalmente desprevenida de lo primero, cuando uno se dedica a actividades solitarias e inútiles, como el arte o la lectura– y allí es donde se teje el punto de unión. A los idealistas, a las personas que hemos desarrollado por demás nuestra capacidad crítica… es verdad: casi nunca nos alcanza la contundencia de la realidad. Todo podría estar mejor hecho.
Pero de pronto se muere Néstor y la fortaleza de los hechos derriban nuestras teorías mejor formuladas; nuestras artimañas para ponernos a salvo de los errores del mundo, de la posibilidad de sufrir una posible desilusión futura, un desencanto. La realidad se las ingenia para llegar: rompiéndonos el vidrio del café donde jugamos al ajedrez, sacándonos del sueño, encendiéndonos el televisor, reclamándonos.
Hasta los discursos de Néstor, mis únicos registros de un discurso que pudiera enorgullecerme de ser argentina y que lograra aflorarme esa emoción; esa repentina convicción de sentir que el mundo mejor es un territorio de la voluntad humana y no de la suerte del destino, habían sido fragmentos dispersos de los discursos de Evita. Los recuerdo vagamente y en blanco y nengro, porque los veía en un un programa ómnibus que daban en la televisión los sábados por la tarde “Siglo XX Cambalache” y que yo veía en la casa de mi abuela, mientras tomábamos el té. Mi abuela veía a Evita y se ponía de pie –lo mismo que cuando escuchaba el himno nacional–; se iba acercando hasta el estante alto del mueble blanco donde estaba televisor y terminaba con su nariz perfecta casi pegada a la pantalla; los labios pintados de rosa; los ojos llenos de lágrimas. Para mí mi abuela era como Evita. Usaba rodete; tenía la misma sonrisa; las uñas largas esculpidas de una manera en que ya no se usa. Más tarde, evocando estos momentos, las recordaba como cosas que me pasaban porque era muy chica y sensible y a mi abuela porque era muy vieja y llorona.
Hoy las caras de los niños acompañando a sus padres hasta el lugar donde, nueve horas después de haber iniciado una cola interminable, ven finalmente un cajón y a una mujer de un estoicisimo espartano custodiando su alma, me hacen saber que existe todavía la emoción en la política. Niños sobre los hombros de sus padres cargando imágenes que un día serán sus historias y les ayudarán a hacer sus obras. Sus padres: de pronto despiertos, dolidos, emocionados, vivos.
Después están todos los detalles de color –cinematográficamente inmejorables– que también nos han hecho llorar: la bandera argentina desacomodada, sobre el auto donde viaja el cajón, como solía llevar Néstor su camisa –una parte adentro, una parte afuera del pantalón, siempre desacomodada por el abrazo del pueblo–. La bandera angostada como si fuese un pedazo de la camiseta de Racing, esa pasión; esa forma acalorada de entender el amor, de abrazar una opción que todos vaticinan se parece tanto al fracaso y los hinchas de Racing pensamos se parece, más bien, a estar vivos. Que vale la pena el compromiso, el trabajo, incluso el propio cuerpo.
Importan las personas y algunas se quedan para siempre en la memoria, en la emoción, aunque cambien las modas, los contextos, las historias. Pero las personas no son las causan: solo las encarnan. Una vida empieza en el final de otra…
Néstor se va. Y quedamos nosotros. Los soldados del pingüino. Los que alguna de niños escuchábamos los ecos de los cantos a Eva; de la marcha de Perón. Y ellos vuelven.
29 de octubre
Llueve –y de a ratos llovizna o para– sobre Buenos Aires y sobre la plaza quedan pocos restos de los carteles de los días pasados, sobrevolando las veredas. Algunos militantes afónicos, atrincherados tras sus camperas rompevientos todavía desentonando fragmentos de los cantos de ayer. “Néstor no se murió; Néstor no se murió… Néstor sigue en el pueblo la puta madre que los parió”. La bandera a media asta flamea incasable en Plaza de Mayo. ¡Gracias Néstor! Por devolverle, como dijo Lula, “la dignidad a cada argentino”. Por
recordarnos algunos valores, la fe en la política, la alegría de la acción cotidiana.


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