martes, 2 de mayo de 2017

8M / la llave de acceso (segunda parte)


El padre de mi hijo me vio nadando un mediodía en el mar de Brasil... Yo cruzaba en sarga la playa de Pipa –la Praia do Amor- y él, alto como es, de a ratos acompañaba el fluir de las olas o frenaba su fuerza obsesiva y me observaba celebrar esa sensación de incomparable libertad que siempre siento en el agua: la posibilidad tan cercana del mundo profundo; el misterioso punto donde no hacer pie es a la vez el riesgo y el inicio de otros movimientos; la soltura en la línea de flotación, la cadencia liviana detrás de las olas, las respiraciones audibles frente al cielo. 
Volviendo a la tierra, me dijo, seguro: “Vos debieras haber sido deportista, Celina. Tenés un nado excelente. Te lo digo porque hice toda mi vida deporte, todos mis amigos son deportistas y uno es el número dos de la FIFA”. Lo miré incrédula como casi todas las veces, con la cabeza de costado, mientras me frotaba el cuero cabelludo y dejaba que salieran del pelo las gotas de agua salada. Mi traje de baño blanco, esa arena harinosa y blancuzca parecida al panko, el color de mi piel, las nubes que pasaban cambiando la luz, el mozo bajo la sombrilla donde habíamos dejado la ropa y un libro de Cheever, dejándonos dos platos de spaghetti con camarao y la segunda vuelta de mojitos... me parecieron todos fragmentos de un film. 
El seguía adelante inmóvil en su fe, con las piernas abiertas y los pies enterrados para acortar nuestra distancia, los codos junto al cuerpo, los antebrazos hacia adelante en posición de saque, las manos flexionadas como si sostuviera un cuenco. “Sé de lo que te hablo… Tenés el estilo, la locura y la furia de una deportista; la necesidad de anticiparte, la voluntad de mando, la atracción por la acción, el ritmo, la velocidad. Solo te han faltado el método y la disciplina… haberte tomado tres fernet menos con rockeros y levantarte más temprano en la mañana. Por lo demás… Ahora que te vi nadar en Pipa esa imagen va a ser siempre mi certeza de vos. Esa y, aunque tengo muchas, la de tu desprecio al falso brillo en el freeshop… Ya sé quién sos: cómo buscás entre las cosas evidentes, la displicencia con la que descartás lo que te resulta obvio, ordinario y ostentoso…”. 
Me hizo reír aquella vez como casi todas las veces en que no me saca de quicio. Le contesté que por haber hecho una inconsciente y más rápida empatía con todos mis últimos dones es que preferí convertirme en escritora, aunque a veces me queje, maldiga el don, maltrate el cuerpo y fantaseé con tener otra vida; no sé: la de un cartero, una ama de casa abnegada, un presidente, un jubilado, una diseñadora de zapatos, una mantenida, una cantante de jazz, la dueña de un vivero, un pez, un perro. 
“No creo que sea exactamente que preferís... Diría que escritora sos por tu buen gusto y por cierta cuota de recato burgués, que te permite esconderte y pasar inadvertida cuando se te da la gana y volver a aparecer cuando querés. Pero, también, por tu pereza: que se te da más fácil aplicar la inteligencia y la velocidad a rotar objetos en la mente o a hacer juegos de palabra que mover el culo. Pero vos no te preocupes, la vida ya te va a obligar”. 
En ese punto me quedé muda… No fue ni la primera ni la última vez. Tenía, tiene –aunque restrinja ahora el margen que le doy para hacerlo incluso por skype, porque sé que más tarde o más temprano ese formato se conviertirá al LIVE y no es exactamente lo que quiero- la habilidad de hallar todo lo que tapo: las piedras preciosas y los secretos; los fantasmas; las omisiones, las ocultaciones y los principios inconscientes que me rigen. Es, por tanto, a la vez irritante y aliviador; una especie de guía con el que es mejor no contactar de más, porque su aparición es luz en el camino mientras no sea el plan caminar juntos; que nadie quiere, de pronto y porque sí, aceptar tanta intimidad consigo mismo. 
Así fue desde el principio, desde el día en que lo conocí en un viaje, cuando a los dos minutos y medio de mi sutil ejercicio de seducción, me cortó como Mascherano en la mitad de la frase: “Mirá… Dejá la princesita conmigo; es trendy pero guardátela para el Kun. A mí no me vendas humo porque yo te veo. Esto es el patio de un presidio y vos por algo estás acá conmigo; así que empezá por contarme qué te robaste y yo te digo a quién maté, ¿vale? Que tu problema no es ponerte ni sacarte el traje de princesa y ese tampoco es el mío, sino el momento en que la historia se vuelve real; una rutina cotidiana y gris que hay que soportar con estoicismo. Así que te propongo, mejor, que seamos dos guionistas del mundo, miremos este teatro de revista desde fila 3 y riámonos un poco en vez de disfrazarnos y empezar a actuar, que esa parte siempre nos sale bien; ahí no están la explicación de porqué no nos funcionan las cosas”. 
La primera parte de su frase me asustó. La segunda me proporcionó el marco de la relación. Tragué, como pude, un poco de saliva y, de a poco, me recompuse. “Entonces yo creo que estás asumiendo que vamos a ser amigos...”. “No. No es eso… Estoy asumiendo que el modelo de pareja está flojito de papeles y que más tarde o más temprano fracasa. Te propongo que vayamos directamente al final”. Me reí y le dije: “sin artificio no hay inicio y así muere la magia… Pero si nos vamos a poner honestos: yo quiero un marido bueno, fiel, conservador y de camisa a cuadrillé; prefiero dejar el cinismo filosófico, el vagabundeo y el humor corrosivo para mis amigos en el bar. Así que si querés, te puedo invitar a salir con ellos; son muy divertidos, la vas a pasar muy bien”. “Pensalo un segundo: ¿no es cansador actuar?”. “No, no, no. Pensalo un segundo vos, si todavía estás a tiempo: ¿Quién quiere realidad? ¿No te alcanza con el mundo como es? El amor es un vestido cocido con mucha delicadeza… Es cierto que a veces se cae y se cae… Pero… tirarlo abajo así… ¿Cuál es el sentido? ¿A dónde querés llegar? ¿A que somos 206 huesos? Tampoco es muy trendy un enterrador”. Su carcajada paró la oreja de todos los pasajeros del micro. “La verdad es que el oro está en el fondo del pozo… Pero nadie está dispuesto a bajar”. 
No nos pusimos de acuerdo. Para él había sido, finalmente, una verdadera declaración de amor en su vida; la búsqueda de una compañera. Para mí fue un buen chiste y un mal augurio que luego me hablara en la primera cita sobre Simone y Sartre. “Ah, pero no les creo…”, solté con honestidad. “Nunca me dijeron una cosa así… ¿Podés ser tan irreverente?”. Levanté los hombros y los solté. “Eso de que a pesar de tener tantos amantes ambos, el amor de ellos era tan grande que ella nunca se sintió sola una noche… ¡por favor! A mí no, Simone. Yo seré una irreverente. Pero ella es una hipócrita”.
Un poco la idea de volver a Mar del Plata se me hizo más fuerte desde que lo conocí, porque frente un hombre que no se establece en ningún sitio y cuya única estabilidad es el movimiento, el aeropuerto de Frankfurt y una valija; que duerme en hoteles, cambiando de aviones y de micros como de pantalones para atravesar en diez días estaciones que van del invierno siberiano al calor mediterráneo y de los días con generales chavistas a la noche marroquí con un pasaporte en el que se pisan y confunden los sellos migratorios y con una identidad que yo desestimo sea la misma al entrar que al salir -aunque este último, quizás, sea lo más alentador; un problema común a cualquiera… uno que lo vuelve un ser más normal, entre tantas excentricidades y excepciones- no podía ser tan grave que yo sencillamente -y luego de doce años de estar en La Plata- pensara en volverme a Mar del Plata, cuando me lo estaba pidiendo a gritos mi cuerpo, en la necesidad de otro suelo y otro cielo; otros horizontes y otro olor; uno propio de la naturaleza del mar, el campo, la sierra, la marcada diferencia entre estaciones que había conocido al nacer. 
Sin embargo, el pensar en mudarme fue un hecho que me costó mucho… Me costó decidirlo, como casi todo y apegada como soy a las cosas chiquitas que nos referencian -un olor, una panadería, las flores que venden allí, el chico del quiosco de diarios, los amigos que pasan a tomar un vino, el miedo, los vecinos buenos- me costó más. 
Un mediodía de ese tiempo raro, intermedio, en que la mitad de mí quería irse y la otra quería perpetuar el tiempo extendido de una juventud bohemia y adorable, aterrizó en La Plata y me dijo que quería acompañarme a buscar a Juan al jardín maternal. 
Nos encontramos en el bosque, frente a la cancha de Gimnasia. Bajó del taxi su metro noventa y tres con un ambo negro, la camisa blanca medianamente abierta, gafas de sol Ray Ban, un portafolio Vitorinox y avanzó caminando lento... 
- ¿Hacía falta venir vestido de mafioso a un jardín maternal?
- ¿Qué tengo? – se miró. – Estoy muy elegante…
Vi las caras de las seños cuando lo vieron entrar... Las vi impresionarse, acomodarse el pelo y toser, sonrojarse y recordé a las exuberantes mujeres en Brasil, mirándome con odio contenido, sin comprender cuál era mi don para andar caminando a su lado así: flaca, segura y suelta como un alga. Imaginé a las ingenuas vendedoras de jeans en shopping malls, cruzándose con este fenómeno y a su ex miss universo venezolana que aún piensa que la verdadera reina soy yo y pensé: “Esto siempre pasa… ¿Pero cómo no lo ven de verdad?”. 
En algún momento, una de las seños, creyendo reparar un error histórico, se me acercó y casi en una súplica, me preguntó: ¿Y vos no lo podés seguir…? Lo dijo y en su tono me quedó muy claro lo que hubiera hecho ella. 
Lo miré a él. Con su habitual charme y una mano en alto estaba vendiéndole el mundo a una señorita de jardín maternal. Me mordí el labio. Me miró y un momento allí nos quedamos... Tuve la misma certeza de siempre: la de reconocernos entre forajidos. 
- “No. Yo sigo mi camino…”, le dije. “Cuando lo encuentro. Porque es cierto que, de a ratos, lo pierdo de vista”. 
Creo que no lo entendió. 
A la tarde, en mi casa, después de un café y de haber cambiado su atuendo mundano por uno más vulgar, soltó en medio del silencio calmo en el que Juan dormía y del silencio espeso en que nos requisábamos:
- Tengo que reconocer que me da cierta ternura, cierta nostalgia y hasta cierta envidia esa somnolente adolescencia en la vivís… esa vida tan indie… en la que solo te falta la calco de O´Neill pegada en la ventana. Todo esto: tus amigos artistas, las revistas de fotos, las copas de vino y el movimiento dadaísta… pero de a ratos… me pregunto seriamente qué estás haciendo vos acá todavía… Y me acuerdo de esa película en la que el taxista (Jammie Fox) lo acusa a Tom Cruise por ser un asesino… Y Tom Cruise le contesta: “¿Usted me habla en serio de asesino? ¿Por qué no mira su vida? ¿Qué hace usted manejando un taxi?”. ¿Collateral era?
- ¿Nunca se te ocurren ejemplos menos traumáticos?
- No sé si funcionarían para tu pereza… Pero si querés… tengo una versión más edulcorada. Es una canción de Coldplay. Fix you se llama. “Lights will guide you home…” se puso a cantar. 
- La verdad es que como cantante… -hice un silencio: -sos un excelente crítico de cine…
Nos reímos los dos.
Era evidente que si hacía falta una persona con semejante exceso de movilidad para que yo viera mi quietud, mi inmovilidad y mi pereza para hacer cambios en la vida era porque el tema en mí era demasiado grande y si me lo preguntaban de frente iba a decir que no. Yo no cambio nada por simple curiosidad. Yo cambio porque la ola se me viene encima y su impulso me lleva hasta la orilla a pisar tierra. Porque realizar movimientos para mí implica una angustia muy grande, entonces cuando los hago, en un minuto y medio, es la fruta tocando el suelo luego de un largo proceso de maduración. Me extraña siempre cómo los demás crean que resuelvo con mucha certeza y velocidad; yo sé internamente el viaje que hay de un punto al otro. 
Me cuesta soltar los legados, las palabras, las músicas e ideas que me definen, por más que el puzzle armado se haya convertido en una colección de cosas viejas que no nombran lo que veo o quiero ver en el horizonte. Soltar, dejar de ser, no tener, no saber qué poner, qué decir, qué ser en el espacio nuevo es desahuciante; es vagabundear por el ser o la nada y a mí Sartre no me cae muy bien… Yo no sé parecer alguien que no es. O que es lo que fue. Necesito el pasado-presente-futuro caminando juntos; puestos en eje. Necesito el momento de lucidez, de luminosidad, que da la comprensión y luego la escritura: el orden y el sentido de las cosas, para sentirme bien. No sé vivir y ya… No me sale. Es cuando empiezo a tomar nota del mundo cuando me restablezco. 
Ahora estimo que un poco fue ese el desajuste que viví el año pasado cuando, entre otras cosas, no pude escribir nada más que un texto sobre la muerte de Prince. Tuve una crisis vital y mi ser, como lo conocía, colapsó. Con lo que pensaba, con lo que estaba acostumbrada a usar, a sentir, a percibir. 
En el proceso tuve la suerte de encontrar a estas ocho maestras que me ayudaron a reinventarme; a conocerme nuevamente. Y con la misma sorpresa que escuché un día en Brasil que yo podría haber sido deportista escuché las revelaciones que viví con cada una de ellas. Tuvieron, a veces, un mensaje, una pregunta o paciencia. Tuvieron un horizonte alentador, evolutivo, que me sacó de la pereza, del bostezo somnoliento de una adolescencia que debí haber tirado en La Plata en vez de insistir en mudármela aquí. Me pusieron de vuelta en frente el horizonte: el mar. La vida que fluye y, a veces, cambia; el vaivén de las olas en las que hay que aprender a surfear o nadar. En ellas encuentro, también, la mejor manera de celebrar el 8M, el ocho de marzo; día internacional del la mujer, como me gusta: pensando en las mujeres desde su sabiduría, su poder y su consciencia. Y con verbos, más que con adjetivos, porque dinamizan el entendimiento que a través de ellas para mí se pudo dar.

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