martes, 2 de mayo de 2017

8M / la llave de acceso (segunda parte)


El padre de mi hijo me vio nadando un mediodía en el mar de Brasil... Yo cruzaba en sarga la playa de Pipa –la Praia do Amor- y él, alto como es, de a ratos acompañaba el fluir de las olas o frenaba su fuerza obsesiva y me observaba celebrar esa sensación de incomparable libertad que siempre siento en el agua: la posibilidad tan cercana del mundo profundo; el misterioso punto donde no hacer pie es a la vez el riesgo y el inicio de otros movimientos; la soltura en la línea de flotación, la cadencia liviana detrás de las olas, las respiraciones audibles frente al cielo. 
Volviendo a la tierra, me dijo, seguro: “Vos debieras haber sido deportista, Celina. Tenés un nado excelente. Te lo digo porque hice toda mi vida deporte, todos mis amigos son deportistas y uno es el número dos de la FIFA”. Lo miré incrédula como casi todas las veces, con la cabeza de costado, mientras me frotaba el cuero cabelludo y dejaba que salieran del pelo las gotas de agua salada. Mi traje de baño blanco, esa arena harinosa y blancuzca parecida al panko, el color de mi piel, las nubes que pasaban cambiando la luz, el mozo bajo la sombrilla donde habíamos dejado la ropa y un libro de Cheever, dejándonos dos platos de spaghetti con camarao y la segunda vuelta de mojitos... me parecieron todos fragmentos de un film. 
El seguía adelante inmóvil en su fe, con las piernas abiertas y los pies enterrados para acortar nuestra distancia, los codos junto al cuerpo, los antebrazos hacia adelante en posición de saque, las manos flexionadas como si sostuviera un cuenco. “Sé de lo que te hablo… Tenés el estilo, la locura y la furia de una deportista; la necesidad de anticiparte, la voluntad de mando, la atracción por la acción, el ritmo, la velocidad. Solo te han faltado el método y la disciplina… haberte tomado tres fernet menos con rockeros y levantarte más temprano en la mañana. Por lo demás… Ahora que te vi nadar en Pipa esa imagen va a ser siempre mi certeza de vos. Esa y, aunque tengo muchas, la de tu desprecio al falso brillo en el freeshop… Ya sé quién sos: cómo buscás entre las cosas evidentes, la displicencia con la que descartás lo que te resulta obvio, ordinario y ostentoso…”. 
Me hizo reír aquella vez como casi todas las veces en que no me saca de quicio. Le contesté que por haber hecho una inconsciente y más rápida empatía con todos mis últimos dones es que preferí convertirme en escritora, aunque a veces me queje, maldiga el don, maltrate el cuerpo y fantaseé con tener otra vida; no sé: la de un cartero, una ama de casa abnegada, un presidente, un jubilado, una diseñadora de zapatos, una mantenida, una cantante de jazz, la dueña de un vivero, un pez, un perro. 
“No creo que sea exactamente que preferís... Diría que escritora sos por tu buen gusto y por cierta cuota de recato burgués, que te permite esconderte y pasar inadvertida cuando se te da la gana y volver a aparecer cuando querés. Pero, también, por tu pereza: que se te da más fácil aplicar la inteligencia y la velocidad a rotar objetos en la mente o a hacer juegos de palabra que mover el culo. Pero vos no te preocupes, la vida ya te va a obligar”. 
En ese punto me quedé muda… No fue ni la primera ni la última vez. Tenía, tiene –aunque restrinja ahora el margen que le doy para hacerlo incluso por skype, porque sé que más tarde o más temprano ese formato se conviertirá al LIVE y no es exactamente lo que quiero- la habilidad de hallar todo lo que tapo: las piedras preciosas y los secretos; los fantasmas; las omisiones, las ocultaciones y los principios inconscientes que me rigen. Es, por tanto, a la vez irritante y aliviador; una especie de guía con el que es mejor no contactar de más, porque su aparición es luz en el camino mientras no sea el plan caminar juntos; que nadie quiere, de pronto y porque sí, aceptar tanta intimidad consigo mismo. 
Así fue desde el principio, desde el día en que lo conocí en un viaje, cuando a los dos minutos y medio de mi sutil ejercicio de seducción, me cortó como Mascherano en la mitad de la frase: “Mirá… Dejá la princesita conmigo; es trendy pero guardátela para el Kun. A mí no me vendas humo porque yo te veo. Esto es el patio de un presidio y vos por algo estás acá conmigo; así que empezá por contarme qué te robaste y yo te digo a quién maté, ¿vale? Que tu problema no es ponerte ni sacarte el traje de princesa y ese tampoco es el mío, sino el momento en que la historia se vuelve real; una rutina cotidiana y gris que hay que soportar con estoicismo. Así que te propongo, mejor, que seamos dos guionistas del mundo, miremos este teatro de revista desde fila 3 y riámonos un poco en vez de disfrazarnos y empezar a actuar, que esa parte siempre nos sale bien; ahí no están la explicación de porqué no nos funcionan las cosas”. 
La primera parte de su frase me asustó. La segunda me proporcionó el marco de la relación. Tragué, como pude, un poco de saliva y, de a poco, me recompuse. “Entonces yo creo que estás asumiendo que vamos a ser amigos...”. “No. No es eso… Estoy asumiendo que el modelo de pareja está flojito de papeles y que más tarde o más temprano fracasa. Te propongo que vayamos directamente al final”. Me reí y le dije: “sin artificio no hay inicio y así muere la magia… Pero si nos vamos a poner honestos: yo quiero un marido bueno, fiel, conservador y de camisa a cuadrillé; prefiero dejar el cinismo filosófico, el vagabundeo y el humor corrosivo para mis amigos en el bar. Así que si querés, te puedo invitar a salir con ellos; son muy divertidos, la vas a pasar muy bien”. “Pensalo un segundo: ¿no es cansador actuar?”. “No, no, no. Pensalo un segundo vos, si todavía estás a tiempo: ¿Quién quiere realidad? ¿No te alcanza con el mundo como es? El amor es un vestido cocido con mucha delicadeza… Es cierto que a veces se cae y se cae… Pero… tirarlo abajo así… ¿Cuál es el sentido? ¿A dónde querés llegar? ¿A que somos 206 huesos? Tampoco es muy trendy un enterrador”. Su carcajada paró la oreja de todos los pasajeros del micro. “La verdad es que el oro está en el fondo del pozo… Pero nadie está dispuesto a bajar”. 
No nos pusimos de acuerdo. Para él había sido, finalmente, una verdadera declaración de amor en su vida; la búsqueda de una compañera. Para mí fue un buen chiste y un mal augurio que luego me hablara en la primera cita sobre Simone y Sartre. “Ah, pero no les creo…”, solté con honestidad. “Nunca me dijeron una cosa así… ¿Podés ser tan irreverente?”. Levanté los hombros y los solté. “Eso de que a pesar de tener tantos amantes ambos, el amor de ellos era tan grande que ella nunca se sintió sola una noche… ¡por favor! A mí no, Simone. Yo seré una irreverente. Pero ella es una hipócrita”.
Un poco la idea de volver a Mar del Plata se me hizo más fuerte desde que lo conocí, porque frente un hombre que no se establece en ningún sitio y cuya única estabilidad es el movimiento, el aeropuerto de Frankfurt y una valija; que duerme en hoteles, cambiando de aviones y de micros como de pantalones para atravesar en diez días estaciones que van del invierno siberiano al calor mediterráneo y de los días con generales chavistas a la noche marroquí con un pasaporte en el que se pisan y confunden los sellos migratorios y con una identidad que yo desestimo sea la misma al entrar que al salir -aunque este último, quizás, sea lo más alentador; un problema común a cualquiera… uno que lo vuelve un ser más normal, entre tantas excentricidades y excepciones- no podía ser tan grave que yo sencillamente -y luego de doce años de estar en La Plata- pensara en volverme a Mar del Plata, cuando me lo estaba pidiendo a gritos mi cuerpo, en la necesidad de otro suelo y otro cielo; otros horizontes y otro olor; uno propio de la naturaleza del mar, el campo, la sierra, la marcada diferencia entre estaciones que había conocido al nacer. 
Sin embargo, el pensar en mudarme fue un hecho que me costó mucho… Me costó decidirlo, como casi todo y apegada como soy a las cosas chiquitas que nos referencian -un olor, una panadería, las flores que venden allí, el chico del quiosco de diarios, los amigos que pasan a tomar un vino, el miedo, los vecinos buenos- me costó más. 
Un mediodía de ese tiempo raro, intermedio, en que la mitad de mí quería irse y la otra quería perpetuar el tiempo extendido de una juventud bohemia y adorable, aterrizó en La Plata y me dijo que quería acompañarme a buscar a Juan al jardín maternal. 
Nos encontramos en el bosque, frente a la cancha de Gimnasia. Bajó del taxi su metro noventa y tres con un ambo negro, la camisa blanca medianamente abierta, gafas de sol Ray Ban, un portafolio Vitorinox y avanzó caminando lento... 
- ¿Hacía falta venir vestido de mafioso a un jardín maternal?
- ¿Qué tengo? – se miró. – Estoy muy elegante…
Vi las caras de las seños cuando lo vieron entrar... Las vi impresionarse, acomodarse el pelo y toser, sonrojarse y recordé a las exuberantes mujeres en Brasil, mirándome con odio contenido, sin comprender cuál era mi don para andar caminando a su lado así: flaca, segura y suelta como un alga. Imaginé a las ingenuas vendedoras de jeans en shopping malls, cruzándose con este fenómeno y a su ex miss universo venezolana que aún piensa que la verdadera reina soy yo y pensé: “Esto siempre pasa… ¿Pero cómo no lo ven de verdad?”. 
En algún momento, una de las seños, creyendo reparar un error histórico, se me acercó y casi en una súplica, me preguntó: ¿Y vos no lo podés seguir…? Lo dijo y en su tono me quedó muy claro lo que hubiera hecho ella. 
Lo miré a él. Con su habitual charme y una mano en alto estaba vendiéndole el mundo a una señorita de jardín maternal. Me mordí el labio. Me miró y un momento allí nos quedamos... Tuve la misma certeza de siempre: la de reconocernos entre forajidos. 
- “No. Yo sigo mi camino…”, le dije. “Cuando lo encuentro. Porque es cierto que, de a ratos, lo pierdo de vista”. 
Creo que no lo entendió. 
A la tarde, en mi casa, después de un café y de haber cambiado su atuendo mundano por uno más vulgar, soltó en medio del silencio calmo en el que Juan dormía y del silencio espeso en que nos requisábamos:
- Tengo que reconocer que me da cierta ternura, cierta nostalgia y hasta cierta envidia esa somnolente adolescencia en la vivís… esa vida tan indie… en la que solo te falta la calco de O´Neill pegada en la ventana. Todo esto: tus amigos artistas, las revistas de fotos, las copas de vino y el movimiento dadaísta… pero de a ratos… me pregunto seriamente qué estás haciendo vos acá todavía… Y me acuerdo de esa película en la que el taxista (Jammie Fox) lo acusa a Tom Cruise por ser un asesino… Y Tom Cruise le contesta: “¿Usted me habla en serio de asesino? ¿Por qué no mira su vida? ¿Qué hace usted manejando un taxi?”. ¿Collateral era?
- ¿Nunca se te ocurren ejemplos menos traumáticos?
- No sé si funcionarían para tu pereza… Pero si querés… tengo una versión más edulcorada. Es una canción de Coldplay. Fix you se llama. “Lights will guide you home…” se puso a cantar. 
- La verdad es que como cantante… -hice un silencio: -sos un excelente crítico de cine…
Nos reímos los dos.
Era evidente que si hacía falta una persona con semejante exceso de movilidad para que yo viera mi quietud, mi inmovilidad y mi pereza para hacer cambios en la vida era porque el tema en mí era demasiado grande y si me lo preguntaban de frente iba a decir que no. Yo no cambio nada por simple curiosidad. Yo cambio porque la ola se me viene encima y su impulso me lleva hasta la orilla a pisar tierra. Porque realizar movimientos para mí implica una angustia muy grande, entonces cuando los hago, en un minuto y medio, es la fruta tocando el suelo luego de un largo proceso de maduración. Me extraña siempre cómo los demás crean que resuelvo con mucha certeza y velocidad; yo sé internamente el viaje que hay de un punto al otro. 
Me cuesta soltar los legados, las palabras, las músicas e ideas que me definen, por más que el puzzle armado se haya convertido en una colección de cosas viejas que no nombran lo que veo o quiero ver en el horizonte. Soltar, dejar de ser, no tener, no saber qué poner, qué decir, qué ser en el espacio nuevo es desahuciante; es vagabundear por el ser o la nada y a mí Sartre no me cae muy bien… Yo no sé parecer alguien que no es. O que es lo que fue. Necesito el pasado-presente-futuro caminando juntos; puestos en eje. Necesito el momento de lucidez, de luminosidad, que da la comprensión y luego la escritura: el orden y el sentido de las cosas, para sentirme bien. No sé vivir y ya… No me sale. Es cuando empiezo a tomar nota del mundo cuando me restablezco. 
Ahora estimo que un poco fue ese el desajuste que viví el año pasado cuando, entre otras cosas, no pude escribir nada más que un texto sobre la muerte de Prince. Tuve una crisis vital y mi ser, como lo conocía, colapsó. Con lo que pensaba, con lo que estaba acostumbrada a usar, a sentir, a percibir. 
En el proceso tuve la suerte de encontrar a estas ocho maestras que me ayudaron a reinventarme; a conocerme nuevamente. Y con la misma sorpresa que escuché un día en Brasil que yo podría haber sido deportista escuché las revelaciones que viví con cada una de ellas. Tuvieron, a veces, un mensaje, una pregunta o paciencia. Tuvieron un horizonte alentador, evolutivo, que me sacó de la pereza, del bostezo somnoliento de una adolescencia que debí haber tirado en La Plata en vez de insistir en mudármela aquí. Me pusieron de vuelta en frente el horizonte: el mar. La vida que fluye y, a veces, cambia; el vaivén de las olas en las que hay que aprender a surfear o nadar. En ellas encuentro, también, la mejor manera de celebrar el 8M, el ocho de marzo; día internacional del la mujer, como me gusta: pensando en las mujeres desde su sabiduría, su poder y su consciencia. Y con verbos, más que con adjetivos, porque dinamizan el entendimiento que a través de ellas para mí se pudo dar.

sábado, 25 de marzo de 2017

8M / cuatro premisas (primera parte)


Ayer fue el día internacional de la mujer. 
Haciendo las miles de cosas que hacemos las mujeres todos los días se me pasó el día y llegué a la noche sin margen para escribir. Me sentí mal, traicionándome, aunque había hecho muchas cosas que me encantan, como meditar, estar con mi hijo, leerle un cuento, cocinar, cantar, colgar ropa limpia, escuchar música. Y había hecho otras que no me gustan nada: manejar, lavar los platos, bancar todo el polvillo que hacía un hombre que trabajaba en colgarme un mueble en el lavadero, entrar dos veces a una casa de sanitarios para cambiar un grifo equivocado, mientras jugaba el Barsa. A la noche, acostada, me preguntaba: ¿Tanto cuesta que tenga lugar y tiempo el deseo? ¿Tanto cuesta parar de hacer mil cosas? Parar…
Parar es disfuncional al sistema… Parar y pensar qué queremos, en la vorágine de todos los días en que se nos pasan años, es de lo más freak del mundo. Es mejor correr: el trabajo, los niños, la casa, las obligaciones más los recaudos y defensas que tenemos que inventar para sobrevivir en una sociedad inhumana -esto vale para hombres y mujeres- y en una sociedad machista; es mejor demostrar que podemos todo, aunque esto sea agotador. Tanto, que el día de la mujer salimos haciendo pancartas de “ni una menos o vivas nos queremos o igualdad de género o aborto libre y gratuito”. Y yo, que hace un tiempo paré y comencé a ser más feliz, veo esto con horror. Porque eso atestigua que corremos como un hamster en una lógica bipolar: el bueno/ el malo; la víctima/ el acusado, que es un derivación del sistema. Y ¿quién dijo que la lucha genuina es la contestación a un mal planteo de origen? ¿Quién dijo que luchar es responder a enunciaciones fallidas hasta corregirlas? ¿Por qué nos conformamos con tan poco? Si lo que está mal es el sistema… Un sistema ideado por hombres, con lógicas masculinas, demandas masculinas, celebraciones de éxito masculinas.
Con mi amiga Elisa me pasaron dos cosas muy motivadoras de este texto. Hace unos meses me escribió por fcbk: “ayer soñé con vos; que escribías un texto para un cuento infantil que tenía que ver con lo que queremos enseñarle a nuestros hijos e hijas y que cuenta a la mujer en un lugar piola. Vos escribías y yo lo ilustraba. Te lo digo ahora por msj, porque si no se me pasa entre todas las cosas”. En una charla posterior me dijo que tenía la sensación de que hace cinco años -cuando nació su primer hija- que corre y corre y corre, del trabajo a las obras en construcción, al jardín de las niñas, a su casa. Y cuando se sienta un rato para hacer algo que le guste o ame o tenga que ver con su deseo no sabe cuál es hoy su deseo… entonces, vuelve a los que tenía antes. Por ejemplo, dibujar. 
La otra cosa es que hace unas semanas me pidió que le complete una planilla para un proyecto que desarrolló para el 8M; un mapeo de los abusos en la gran ciudad. 
No se la completé porque afortunadamente no me pasó -aunque sí sentí, como todas, el miedo a caminar sola de noche; el recaudo de asumir la identidad de un género desprotegido; el corset, en todas sus formas-. Pero esencialmente no la completé porque yo no quiero que la celebración por el día de la mujer sea todo el tiempo la memoria de esas luchas de antagonismo, de dolor, de sumisión, de víctimas. Porque no acuerdo con el punto de vista del feminismo que sale a la calle a pedir que se les garanticen mejores condiciones de presidiarias.
Porque no somos una noticia en la página roja de policiales (eso es una decisión editorial que no comparto. Y como periodista, no consumo la mierda que produce el periodismo/sistema... Sé la clase de basurero de donde saca las noticias el mainstream. Yo ya ni siquiera tengo tele y desde que ganó Macri ni siquiera abro el diario; es una cuestión de auto preservación; de repulsión epidérmica a una retórica y un modo de acción, de gestión y de pensamiento). 
Porque con respecto a los abusos -que sí los creo y seguramente sean en los escabrosos números que refiere el periodismo- me preocupan, antes, todas las cosas que creemos que tenemos que hacer para ser una mujer según las reglas y propondría empezar por poner límites antes. Le guste a quien le guste y no le guste a quien no le guste. Que abuso es que la casa dependa de nosotros; que abuso es dejar nuestras cosas para prestarle atención a las de ellos; que abuso es seguir hacia delante como si nada en nosotros necesitara ciclos, estaciones, distinciones, sutilezas. 
Me preocupa seriamente la falta de conexión y de registro que tenemos las mujeres sobre lo que significa ser mujer y las implicancias de la naturaleza femenina. La naturaleza, sí; no la condición, aunque Simone lo haya dicho así. La naturaleza. Me preocupa cómo parimos, cómo trabajamos, cuánto tiempo nos damos a nosotras mismas; cuándo lugar ocupa nuestra voz en la relación con el otro; cuánto marcamos nosotras la cancha sin enfrentarnos; cuánto salimos a correr y a jugar un juego que no es nuestro; cuánto tenemos que demostrar que somos la mejor: la perfecta, la que puede todo, la buena madre, la que se depila, la que es amiga, es trabajadora, la que se compadece y ayuda, la que no merece que le sean infiel, la mejor amante, la que tiene paciencia y cede. Nos matamos por aprobar en este sistema. ¿Tan bueno les parece que está el sistema como para andar buscando lugar ahí y encima pedir desde un complejo de inferioridad? Ser mujer en este sistema es una hipocresía absoluta. Una mujer en su plena posesión de su poder asusta y siempre hay que estar disimulándolo para no quedarnos solas. Algo del precio que pagó por ser Madonna dijo Madonna en el women award con el que la premiaron el año pasado: que una cosa era la libertad sexual y de vestuario de Prince y otra muy distinta era la de ella. La de ella era más cara. La de ella era la de una puta, una loca. 
Vivimos centradas en lo que nos falta y lo que no tenemos cuando tenemos todo y no estoy hablando del pito, Freud. No hay disputa de poder porque el poder está adentro y no afuera; no es una soga que hay que tironear de la otra punta. De eso nos convencieron los que ganaron. Que ellos eran los fuertes, los libres, los victimarios, los poderosos, los que tenían derecho al sexo libre, los que importan, los científicos y académicos, que ponen las reglas y conceptos en el mundo. 
En este sentido… es desde una falta de conexión real que tenemos muchas veces las mujeres con nuestra esencia desde donde se formulan los pedidos -¿a quién, además? ¿al sistema de mierda?- “por el aborto para todas libre y gratuito”. Chicas: estamos asumiendo la condición de víctima; pidiendo la gratuidad de una “solución” que es un flagelo hacia nosotras mismas y una “solución” que llega tarde, a deshacernos en nuestro poder creador y no puedo creer que pidamos esas barbaridades… Yo quiero que los casos de aborto sean muchísimos menos porque una mujer aprende a cuidarse antes; a poner límites antes o a establecer un pensamiento para lo que de corazón quiere de su vida, antes de llegar a tener que poner su propio cuerpo en ese estado de dolor, de pérdida, de crueldad y de escisión con su poder creador. Quiero una mujer segura de sí misma y de que si en esa afirmación pierde a un hombre no se pierde a ella. Se encuentra. Y el hombre correcto vendrá cuando tenga que venir. Cuando haya una mujer plantada donde desea estar. 
Si vamos a asumir una revolución (y no una lucha) asumamos otro lugar. En este sentido, mi intuición indica… primero, yo no me enfrento con la policía, porque es gente que no tiene nada que ver ni entiende nada (por eso anda con una cachiporra y pega… digo: la caverna)… segundo, diseñar otra elaboración de mundo requiere de la elevación por encima de este sistema (es volar; no chocar; no enfrentar; no perder la energía estando exhausta)… tercero, por una mirada focaultiana a la que intuitivamente he adscripto desde que lo leí, no puedo evitar pensar que avanzar en el tablero concienzudo donde se juega la partida por la microfísica del poder es de a una ficha por vez… y cuarto… -quiero cerrar con esto, con Focault porque para avanzar habrá que retroceder- habrá que ir a buscar el poder que perdimos, el que quedó sepultado y quemado, en el Medioevo, en la lucha contra la iglesia católica, para recordar lo que sabíamos. Lo que sabíamos de Medicina, lo que sabíamos de Astrología (que lejos está de ser lo que es considerado: el entremés del diario, que escriben unos chantas mientras miran el partido); habrá que volver a conectar con la conciencia cósmica para que nos llegue la voz, el saber, el poder de las mujeres que murieron en la hoguera, cuando se diseñó este sistema autoritario, patriarcal, eficaz a la voluntad de imponer: reglas, dogmas, miedo. 
Ser mujer es genial, es grandioso, es un don, que no se puede despreciar intentando poner a la altura de la valla de nada; porque es otra vivencia y otra realidad. Ni mejor, ni peor, ni antagónica, ni incompleta, ni igual. 
Sí me gusta la idea de Simone de Beauvoir de que “mujer se hace no se nace” si se entiende que para ser una mujer hay un proceso de maduración, de experiencias, de conquistas, de fracasos, en la escuela de la vida, hasta que llega el momento en que una está lista para hacer todo lo que se proponga en cualquier ámbito. Por eso el día de la mujer lo celebro de verdad. Compartiéndoles en el próximo texto a las mujeres que encontré en mi camino este último año y que me ayudaron a atravesar una crisis vital que tuvo que ver con el propósito de vida, de vocación, de sentido individual, por decirlo de algún modo, en el regreso a mi ciudad natal, en el tránsito hasta reafirmarme aquí en esta tierra-Tierra. Que me ayudaron a mirar el precipicio y a saltar y a nadar y a bucear para buscar la forma en que sería feliz de vivir en mi propia experiencia terrenal. Prefiero hablarles de lo que descubrí con ellas. De mujeres que existen, que están vivas. Prefiero hablarles de sabiduría, de conexión, de 8M: ocho maestras.

El día de los enamorados


Esto debería ser la editorial de un programa radial nocturno. Esto debería ser de a dos. El mundo debería ser distinto: no contar las noticias que cuenta justo hoy, que es el día de los enamorados. El mundo debería ser distinto: no celebrar el amor sólo hoy. Tenemos tan poco de amor real que tenemos que ponerle un día. Somos feministas el 8 de marzo; cristianos el 24 de diciembre y amorosos el 14 de febrero.
Pero... dado que la fecha existe voy a contarles lo que para mí tiene sentido. El amor tiene sentido. El amor y el deseo son el único motor que tengo.
Y no es que esté saliendo a buscar el sentido en algo porque no estoy cenando con flores y comiendo bombones. Primero: porque tengo algunos bombones en casa y no me dan ganas de comérmelos… Estoy feliz comiendo frutos secos con miel… Segundo: porque están creciendo en mi balcón los nardos -entre el cedrón, el romero, las dietes y los jazmines del aire-. Y acompañarlos en ese cada día del proceso me enamora... Todo lo que le lleva a una vara pelada distinguirse del resto de los pastos y crecer hasta ser un manojo de globos verdes; y cómo luego estallan y son blancos y rosas y tienen olor a limón, para mí es el amor.
El amor está aquí, está hoy, está mañana y se mueve. Tiene vida. El amor es algo que me encantaría que todos tuviéramos más presente siempre. El amor es lo que nos hace cosquillas y nos da tibieza cada día; que nos genera paz y una integridad maravillosa –entre el cuerpo, el alma y la mente-. El amor es lo que nos hace reír y nos sube la serotonina. El amor es lo que, a veces, compartimos con un otro específico y, a veces, con un millón de otros. A veces con algunos, a veces con nosotros mismos, en soledad y es un amor en secreto, salvo que uno se siente a escribir y lo publique.
Yo celebro este día por todo el amor que siento hacia tantas direcciones.
Hoy fui al supermercado Vea y al llegar a la caja vi algo muy disfuncional. No sé porqué estoy super atenta a lo disfuncional últimamente. Creo que ahí donde el sistema se distrae están: dios, el amor, la cordura.
La cajera apoyó los codos en el mostrador; sustuvo entre sus manos su cabeza. Estaba mal. Llegó la encargada, pasaron una tarjeta, abrió la caja con una llave, cobró, pasó el siguiente. Cuando me tocó a mí le pregunté si estaba bien. “No”. ¿No te podés ir? “Sí, pero creo que es mejor que me quede. Por lo menos estar acá y no en mi casa me distrae”. Me quedé muda mirándola unos momentos. “Porque no sé… Hay cosas que capaz no tienen solución y por lo menos acá pienso en otra cosa”. Le dije una frase hecha pero que está hecha por algo. Cada vez percibo más sentido en esas sencilleces. “Si tiene solución no vale la pena tu aflicción y si no la tiene, lo mismo”, le dije. “¿Te puedo ayudar en algo?”. No. Sí, pensé. “Leé este libro”, le dije. “Silencio” de Thich Nah Hanh. “Te va a dar paz. Sea lo que sea que te pase”. Dobló el papel y lo guardó. Gracias, me dijo. La miré fijamente. Pero leelo, en serio. “Lo voy a leer”. Si algo en ese libro cambia tu forma de sentirte, ya está.
Cada vez más miro, el breve rato que estoy, a todas las personas que trabajan tantas horas, sosteniendo negocios que no son de ellos, de los que no sacarán mayor beneficio que un mal sueldo; que le ponen la cara todos los días a todas las personas que pasamos por ahí y a nuestros modos y moods; que no se van, que no abandonan, que no gritan, que no escriben sus nombres en nada de lo que hacen y siento un agradecimiento infinito a su aparente destino ignoto. Escribiría un libro sólo de ellos. De sus muecas y sus caras y sus tedios y sus sonrisas… Aunque no podría traducir en palabras la percepción. Un agradecimiento amorosos a los que están cuando no hay ganas de estar; cuando llueve y la tarde está pesada y yo me vuelvo a mi cajón con films que puedo mirar y ellos se quedan; cuando el sol bañó el día y, en el atardecer, vuelvo de la playa con Juan pensando en un licuado de melón y ellos están. A los que levantan a mi hijo en sus brazos para que los acompañe atrás del mostrador donde él quiere ir y lo llevan a vender bananas, a abrir una bolsa; a los que le regalan nueces o helados o postrecitos… y le dan un beso al pasar en la cabeza o lo extrañan si hace días que no va a indagarles el negocio. A los que están todavía después de nuestro eterno desayuno con modorra, cuando salimos pensando qué vamos a almorzar. Y están los domingos.
Siento amor por la gente que se corre un metro de lo que debe ser o de lo que piensa y escucha y tuerce lo que pensaba hasta ayer y va adonde no tiene todo cerrado. Y trata de comprender. Y empatiza. Y comprende. Y crece.
Siento amor por una dedicatoria que escribió mi amiga Cocó en el libro de Fabián Casas que me regaló para un cumpleaños. Porque me puso: “para que empieces a escribir tus listas de aquello que te hace feliz” y ahora yo sé que me hace feliz:
• leer buenas entrevistas
• el verano
• las flores
• la playa
• ordenar mi casa
• escribir
• el agua
• el sonido de los pájaros en la mañana o moviéndose en el follaje
• el silencio
• los grillos
• cocinar
• ver las estrellas en el cielo sin obstrucciones arquitectónicas
• la arquitectura
• las películas independientes que se sostienen en diálogos cotidianos
• las soluciones naturales para los problemas de salud
• las mujeres mayores pícaras y sabias
• los amores corteses debido a las distancias
• los hombres a los que se les nota el momento en que les gustás
• hacer terapia
• el óleo 31
• la ropa suelta de algodón suave. La ropa envolvente y aireada
• la ropa que te presta una viñeta en el cine star system, un ratito de un film
• el crepitar del fuego en la parrilla y en el hogar
• el atardecer en la playa
• pintarme las uñas
• charlar con amigas
• el amanecer en el campo
• ver dormido al hombre que amás. Ver cómo respira, sube y baja su cuerpo, ajeno a vos.
• los procesos luminosos, reveladores, de comprensión de la vida
• los procesos creativos
• tomar mate con miel
• la música
• el cine, la literatura
• andar descalza
• tocarme el pelo
• desperezarme y elongar
• mimar y besar a mi hijo
• la sonrisa de Gastón
• los masajes
• cantar y bailar
• nadar
• escribir
• la lluvia y el sol en la cama
• que existan combinaciones perfectas: un disco de Charles Mingus llamado “Blue roots”. El mango con el queso brie.
• algunos olores: jazmín, azahar, ruda, romero, albahaca, limón, melón, madera, nuez moscada, frutillas, peonías, banana, ananá.
• Que en mi baúl haya: una reposera blanca, dos envases de cerveza, una pelota de fútbol Penalty número 5, un par de zapatillas para salir a correr y vestidos y almohadones para mandar a la modista.
• Ciertas canciones: “Mi elemento” de Luis Alberto Spinetta; “Pictures of you” de The Cure; “Hurt” de Johnny Cash. Porque, en este último caso, alguien sea tan, tan, tan HUMANO.
• Haber editado ciertos libros: “África en el aula”, por ejemplo. O el de Vicente Krausse.
• La alegría de que existan ciertas personas mejores que este mundo: Alberto, Emilita, Celia, Aldana, Nicolás.
• Que la vida me haya regalado dos hermanos.
• Caminar por Los Troncos en otoño
• Que, aunque me escapo de a ratos y fantaseo otros posibles destinos, el mundo me recuerde que tengo que volver a escribir. Y soy desprolija, desordenada, poco sistemática, antieconómica, pero me gusta hacerlo.

Es el día de los enamorados... Y yo estoy enamorada de muchos seres y cosas, pero no soy infiel. Lo era cuando pensé que todo se lo podía dar a un X. Mañana también va a ser el día de los enamorados para mí. Ojalá también para ustedes... Que sea... de esas causas que no se abandonan. Nunca. Nunca. Nunca.

sábado, 23 de abril de 2016

Si dios fuese alguno de nosotros





Esta mañana, cuando llegué a la facultad donde trabajo, me encontré con el Colorado. Frenándome el paso, dijo, como si hiciera falta: “Pará. Tengo algo para vos. Te compré un regalo” y sacó de abajo de su brazo una bolsa de Yenny. Tomé el regalo como un mojón; un gesto cómplice de esos que inauguran amistades. “Esto es para vos que te gusta leer esas mierdas de novelas, para que no las leas más…” y terminó el preámbulo, quitándole almíbar al asunto; haciéndose el recio y acomodándole la gorra al esqueleto que -supuestamente- está allí porque es material de estudio para la carrera de Enfermería pero que –todos sabemos- mora en Bedelía por otras razones… 
El Colo me alegró la mañana, sin contar que la mañana ya estaba inmejorablemente hermosa. El sol tibio de otoño cruzaba los pinos inmensos y atravesaba los ventanales que dan al patio del complejo universitario… Debo confesar que: pese a todo lo que digan de ese edificio por el hecho de haber sido construido durante la época de los militares -acusan a sus formas arquitectónicas de ser una traducción en cultura material de algunos de los principios de mierda de ese período oscuro: un edificio vidriado que amerita la vigilancia; espacios de pasillo reducidos para circular, escaleras que no permitirían la huida y módulos rearmables para mutar oficinas en otros espacios- a mí ese edificio me encanta. Antes que nada, por las materialidades que predominan: hormigón armado / ladrillo panderete / ventanales inmensos y madera. Y, después de todo, porque no estudié allí sino en La Plata, en lugares verdaderamente horribles (el ex jockey derrumbado, una ex seccional de policía, la calle misma en la época de la toma y López Murphy, un sindicato y así…) y porque nada amo más que las construcciones que se fusionan con un entorno de árboles. En este caso, esa fusión es un contacto visual, sensorial, que se establece a la altura de la copa de esos gigantescos pinos (y no de las raíces) y, más allá, aparecen las clásicas casas de los barrios lindos de Mar del Plata. Más cerca, sobre mis pies, sobre las mesas de oficina, sobre los pisos y la madera, las sombras hacen huecos en el sol que ilumina todas las cosas. Un bebé o yo podríamos entretenernos con el movimiento de esas ramas y ese follaje el día entero. 
El libro que me regaló el Colo se llama “Esto no es una novela”; lo publicó la bestia equilátera y lo escribió David Markson; uno de los escritores que sobrevivió a la bohemia de la generación beat. Le dije que leía a los beats cuando me interesaba todavia hacerme la canchera; que ahora tengo poco tiempo y elijo novelas más honestas conmigo misma, como las de Banana Yoshimoto. “Estuve a punto de comprarte cuentos románticos japoneses, pero desistí”. Me reí. “No dije cuentos románticos. Dije Banana Yoshimoto. Igual la literatura japonesa me encanta. La forma de mirar y de sentir”. “Me lo imaginé”. Ahí se cerró la charla sobre lecturas. Luego dijo que si alguna vez él escribe un libro y saca un disco le pondría alelo 19. Quise saber qué signfica eso: “Una de las posibles formas de una gen. Una célula diploide tiene, habitualmente dos alelos de un único gen, que ocupan la misma posición relativa entre cromosomas homólogos. Un alelo es dominante sobre el otro y condiciona las características físicas particulares de cada organismo. El alelo 19 es el que determina que la gente tenga ojos verdes”. 
“Hablando de colores… “, continué, recordando los cierres de conversación al estilo de mi abuela Lela, cuando no entiende de qué carajo le estamos hablando: “tengo ganas de escuchar una canción de un color. Purple rain de Prince”, le dije. Le encantó. Buscó en su profusa discografía de la pc y la puso. Y antes de que me diera media vuelta en dirección a la oficina donde trabajo me hizo escuchar una versión de la canción que yo creí era de Joan Osbourne “One of us” y me enteré ayer que es de Prince. 
Toda la mañana, de a ratos, googleé intentando encontrar esa versión de la canción. No hubo caso. Prince ha sacado todo su material musical de internet porque s e la chupa el copyleft. La letra es maravillosa… Dice: Si Dios tuviera un nombre, ¿cuál sería? / Si Dios tuviera una cara, ¿cómo sería? / Uno de nosotros… / Volviendo de nuevo al cielo solo / Si lo tuvieras en frente y tuvieras una sola pregunta, ¿qué le preguntarías? / Qué si mirar significa que deberías creer… 
Hace apenas un par de horas abrí facebook y encontré posteada la noticia de que Prince ha muerto. Prince ha muerto hoy… Es raro comenzar una mañana deseando tan puntualmente escuchar a Prince y que ahora esté muerto. Es algo más que una casualidad; es, para mí que estoy cada vez menos racional y más creyente en las formas orgánicas del Universo, una sincronicidad. Que puede ocurrir incluso allí; en un edificio racional ideado por dementes militares donde la gente va a pensar en cualquier cosa. No puedo ahora evitar ligar la muerte de Prince a esa letra que pregunta qué cara tendría Dios si fuese alguno de nosotros, porque seguramente podríamos hallarlo en él.
Es raro el libro que me regaló el Colo… La contratapa dice que “como la pipa de Magritte, Esto no es una novela se proyecta en muchas direcciones y pone la imaginación en situación de sospecha… ¿De qué se trata? De la muerte, el amor, la representación, el trabajo, la amistad, la vida “ejemplar” de artistas y científicos…” (sigue). Trato de encontrar en ese libro una frase que se ajuste a una posible estrofa sobre la muerte de Prince y no hay ninguna. Porque en el libro casi todos se están muriendo en todas las oraciones… Sartre, John Reed, Chesterton, Galileo Galilei. 

Prince no se muere en el libro. Se muere después. Podría morirse en una edición aumentada y corregida, pero su autor también ha muerto. Diría que es una pena cuando una muerte no es una efeméride o una necrológica que aparece en un diario o un libro juguetón sino una noticia. Y, sobretodo, cuando se trata de una luz como la de Prince. Que llueva su color y acá encuentro, como un alivio, un cierre, una estrofa sola, en ese libro desahuciante, como son desahuciantes todos los beats. La dijo Matisse; porque hacía falta alguien que entendiera de color: “Es muy difícil apreciar a la generación que te sucede” y, luego: “Solo sé que el verano cantó en mí. Por un rato, que en mí no canta más”. Prince (7 de junio de 1958 – 21 de abril de 2016). Todo se descompone y luego se integra irracionalmente. Como la luz.

lunes, 21 de marzo de 2016

Mariposas


“No me duele ser tan transparente; no creo que hubiera sabido hacerlo de otra manera; mi madre decía que un buen libro era aquel que podías haber escrito sólo tú, que si no, no valía la pena… Insisto en que no sé mentir… ¿Qué cómo se puede hacer ficción, entonces? No sé, pero yo no tengo mecanismos de defensa y eso te proporciona momentos maravillosos en la vida... Si bien puedes hacerte corazas, yo no sé cómo. El resultado es que me siento “muy incómoda en esta vida: quizá por eso me relaciono tanto con mis exmaridos… Confío en que la gente me vaya salvando. Porque uno, a sí mismo, nunca se salva. De la gente quiero la salvación y si no: nada”. Ella es Milena Busquets (dixit) en una entrevista, a raíz de su libro “Esto también pasará” –que explotó de ventas en la feria de Frankfurt y con el que se puso al público de habla hispana en un bolsillo- y, entre otras cosas, por frases como esta –torpes, sin mucha reflexión ni cautela ni erudición; pero cargadas de un sentir que es el de una mariposa: pleno, breve, huidizo de la muerte– adoro a Milena Busquets.
No solo me parece una escritora fresca, divertida, sensible; también me gusta porque podría ser mi amiga. Porque es un poco como yo y un poco como son mis amigas. Ineficaces en el crucial arte femenino de la manipulación. Derrotistas. Ansiosas. Impacientes. Inseguras. Intensas. Capaces de reírse de sí mismas. Aterradas y, por esto, aterradoras. Aparentemente complicadas y, en el fondo, chicas fáciles; de las que se quedarían a dormir sin mucho más ofrecimiento que unos mimos y que necesitan, solamente, que las hagan reír y las escuchen lidiando con sus cabezas maravillosas y oscuras como bosques. Mujeres que no saben tejer bien, sin dejar hilachas, puntos sueltos; sin que se les desarme el tejido y del enojo le claven las agujas a alguien lastimándose, antes que nada, a ellas mismas. Y eso para mí es encantador.
Una me dice el otro día, luego de haber tenido un primer encuentro amoroso, sexual, con un hombre que le encanta pero que, desgraciadamente: vive lejos; está separado; está complicado; tiene en común con alguien seres y cosas cuando ya no tiene ningún sentimiento ni valor en común; está asustado: “Pero yo pensaba… ¿Por qué no me deja entrar? ¿Por qué no quiere que lo quiera? Si es tan fácil… Yo no voy a dejar mi trabajo y  mi vida pero yo estoy dispuesta a hacer todo para verlo; puedo viajar cada quince días… Y cuando me jubile a mi me encantaría irme a vivir al medio del campo donde él vive”. Paré la caminata; lancé una carcajada y la abracé. “¿Cómo no va a tener miedo?”, le pregunté. Ella se mantuvo quieta, en silencio. “Si hasta yo tengo miedo”, le dije tomándola del brazo y estalló en una carcajada. Así seguimos caminando juntas hasta nuestro destino: el puesto callejero de venta de duraznos sobre la vieja vía del tren.
Unos días después, fui testigo del proceso de disolución de su ilusión amorosa. Y protagonista del mío. Ayer, ambas, esuchamos la historia de otra amiga con su correspondiente hombre, que no se sentía bien tratada ni correspondida. A la noche, hablé por teléfono con otra amiga y fue la cuarta que se sentía mal por el amor.
Ayer fue domingo. Y me puse a pensar en la dinámica común a todas: primero, la atracción; luego, el acercamiento; una primera intuición de que no era el lugar ideal; una racionalidad preventiva que pedía distanciamiento; un momento reflexivo posterior como atisbo de avance sin excesiva implicancia; un segundo encuentro en el que se revela que por encima de las racionalidades están los sentires y luego, un recuerdo con ternura de ese otro imperfecto, ya adorable; el deseo de saber de él, de volverlo a ver y un camino de mínimos, avergonzados o temerosos pasos adelante… mientras el deseo de que su voz, su olor, su historia empiece a volverse un territorio para nosotras pulsa con una intensidad descomunal, vertiginosa. Y me puse a pensar también en la dinámica común a ellos: la que va del total interés y el cortejo a la desimplicancia, la fobia, los pasos atrás, las aclaraciones de “yo te advertí que…” o su pariente: “yo te avisé”. ¿Yo te advertí o te avisé? Yo te avisé… ¡¿qué?! ¿Qué me avisaste? No tenías nada que avisarme… No se manejan las relaciones personales con señalizaciones de tránsito para explicar esa curva ascendente-descendente que es la simple traducción literal de su proceso físico, porque nosotras no vivimos eso. Así que las advertencias bien se las podrían ahorrar, cuando son tan demodé que ya que no las dicen ni nuestros padres.
“El sexo es una manera de salvarse, de intentar sacar la cabeza en medio del oleaje; es una búsqueda de algo, no lo veo para nada banal, ni pornográfico”, dice Milena Busquets en la entrevista. Bien. Yo tampoco. Ellas tampoco. Y si bien en el libro cuenta ese sexo desparpajado y un poco promiscuo como una necesidad; es mucho más cierto como deseo de hallar vida; de hallar un pulso de nado, suave, tibio, que sea la vida, que nos desentumezca, que nos permita olvidar algo distinto de lo que esperan olvidar ellos -las responsabilidades o la presión-; que nos permita olvidar el fin. Ellos parecen no tener un problema con el fin. El fin es el fin y para nosotras es el principio de algo. Llegamos allí movidas por una promesa que no nos hicieron ellos ni todas las señalizaciones de tránsito nos hubieran evitado: la de un territorio nuestro. Yo no sé cuándo ocurrió… pero el deseo de conquista que tuvieron los navegantes del siglo XIX ya es más nuestro que de ellos. ¿Cuándo cambió todo tanto? ¿Cuándo comenzaron a titubear? ¿Cuándo comenzamos a salir de casa, a salir de casería y para qué? ¿Cómo puede ser que salgamos con ese desenfado, volvamos a casa con tanta preocupación, vivamos pendientes de las noticias del fin del mundo, estemos llorando como niñas y cuando volvemos a salir sea con la convicción de hacer tres cosas -patearles la cabeza como un punk borracho a un tacho; iniciarles un juicio de lesa humanidad por la merma en las palabras cariñosas después de que han garchado con vos; leerles un manual de estilo y instrucciones sobre buenos modales- y hagamos otra: sentarnos a charlar con ellos, que no saben hablar y no les importa hablar.
“Durante un tiempo, el cuerpo de Oscar fue mi única casa, el único lugar del mundo. Luego, tuvimos un hijo. Y luego nos conocimos. Uno intenta actura como un animal de la selva, guiándose por el instito, la piel y los ciclos de la luna, respondiendo sin demora y con agradecimiento y cierto alivio a las exigencias de todo lo que no necesita pensarse porque el cuerpo o las estrellas ya lo han pensado y decidido por nosotros, pero siempre llega el día en que es necesario ponerse de pie y empezar a hablar. Lo que, en teoría, sólo ocurrió una vez en la historia de la humanidad, dejar de ir a cuatro patas, ponerse en pie y empezar a pensar, a mí me ocurre cada vez que aterrizo del amor. Cada vez, un aterrizaje forzoso”. Claro. Así es. Así tal cual…
Hace unos años, conocí a la mamá de Milena Busquets, en una conferencia de un ciclo de editores que se organizó en Buenos Aires. La mamá fue la grandiosa Esther Tusquets; una vieja pícara, desfachatada, jugadora de timba, bebedora de whisky que con su encanto
Tres novelas de ella se llaman: El mismo mar todos los veranos; El amor es un juego solitario y Varada tras el último naufragio. Escribió doce –además de prólogos, contratapas, ensayos, ediciones–. ¿Qué más hace falta? Decir más nada. Y, sin embargo, ella, a los setentilargos, dijo cosas tan inquietantes y descolocadas para una conferencia de editores como: “Soy editora porque empecé creyéndome alguna vez que podía ser editora sencillamente porque tengo buen gusto y es en lo único que confío de mí” o “no voy a enamorarme de mi último nieto; ya se los dije a sus padres. No tengo tiempo de vida para ese amor”. O… (y ésta me encantó rotundamente): “De pronto, algunas veces pensaba: ¿qué estaba haciendo los años en que no editaba nada? ¿Por qué tal año no edité? Invariablemente, la respuesta es que estaba perdiendo el tiempo enamorada de alguien”. Era imposible no amarla, automáticamente.
También conocí primero a la mamá de mi amiga Cocó y, luego, a ella. Y me enamoré primero de su mamá, una diosa de casi sesenta, que tuvo 6 hijos y no tardó muchos minutos en decirme – a pesar de su belleza, de su gracia y charm; a pesar de ser una madre querida y una abuela canchera, a pesar de tener amor por su profesión, a pesar de estar en pareja y enamorada-: muchas veces dudé si valía la pena vivir. “Miraba mis dos manos alternativamente y pensaba: to be or not to be”. Hablábamos de cómo se llena ese vacío afectivo que nació en la infancia. Dónde, cómo, cuándo, con qué se cura la orfandad y no había nada. Se convive y ya.
Una mañana me levanté en la cama de un editor de un prestigioso mensuario político y cultural. Acostada de costado, mirándolo a él… y más allá –cómo tras el ventanal de aberturas blancas de madera de su dormitorio, en un edificio de los años cincuenta, las cañas de bambú aleteaban al viento del fin del verano– le conté cómo me había sentido alguna vez en una vieja relación. Él recordó que había escuchado una frase casi igual de su exmujer. Me preguntó, con calma, acostado boca arriba, mirando ahora el techo, con los anteojos ya puestos y los brazos cruzados tras la nuca y con el mismo tono cauto, reflexivo con que desgloza la realpolitik, dijo, sencillo: “Yo no entiendo… porqué es que las mujeres se sienten siempre solas…”. Y había en esa pregunta un verdadero interés por la respuesta. Pero yo no supe contestárselo en concreto.  
Ahora, años más tarde, pensándolo un poco; de momento de pie, recién aterrizada y con un leve jetlag, hago las primeras reflexiones: Cuando el primer día con alguien pensás que va, casi seguro no va. Y cuando el primer día con alguien pensás que no va, no va. Y que te encante no es ni siquiera un dato de color. Que te enternezca su fisura, tampoco. Que sea promisorio, tampoco. Que te incendies, tampoco. Nunca va. Y siempre vamos solas. Al supermercado. A manejar. A llevar a nuestros hijos al colegio. A visitar a nuestra abuela. A trabajar. A caminar. A terapia. A estudiar, como una buena máscara de que alguna otra cosa nos importa más que el amor; a sobrecompensarnos con títulos por esas carencias que no tenemos siquiera muy detalladas; no sabemos bien qué es lo que siempre nos falta.
A veces necesitamos un poco no ser; not to be. Perder la conciencia, amarlos un rato y que puedan prestarnos su olor y su simplicidad; llenar ese vacío eterno, como lo hacen ustedes: con dos cajas de pizza, tres cervezas abiertas y el partido de Talleres cuando se fue a la B. Olvidarnos del fin. Del fin del día, del fin del vuelo. Del fin de la belleza, que a ustedes jamás les ocurre. 

viernes, 26 de junio de 2015

Un paseo por el lado salvaje

Michael Pollan
"Cocinar, una historia natural de la transformación"
Debate, 2014


En la tapa de Cocinar: una historia natural de la transformación –el nuevo libro de Michael Pollan– hay seis siluetas. Cinco de estas cuentan la clásica historia de la evolución humana, del mono hasta el hombre. En la sexta, el hombre consiguió erguirse con mayor soltura y lleva sobre su cabeza un toque blanche, mientras avanza sosteniendo un cucharón como si fuera un trofeo o una promesa. Pero a la tapa le faltan dos cuadros: el de un hombre que, en su afán de soberanía, arroja al cesto de basura el gorro y el cucharón y –acá viene el último- en el que decide sentarse en un sillón, junto a su control remoto, mientras en los programas de tv se cocina lo deseado. Si no se encontró antes, en estos cuadros promete estar el eslabón perdido: el que corresponde a un estadio larvario que da cuenta del fin de la evolución. O de que el ciclo debería recomenzar.
O así, al menos, pudo pensarlo Michael Pollan –autor de El detective en el supermercado; El dilema del omnívoro y elegido en 2010 por la revista Time como una de las cien personas más influyentes del mundo– que, en su nuevo ensayo recientemente editado en Argentina por Debate- encuentra en el actual estado de las cosas una posibilidad: “¿Acaso la fermentación no es sino la facultad biológica para transformar la materia corriente de la naturaleza lo que se nos da, como preludio necesario para crear algo nuevo?” y empieza por recordarnos que en el origen de la evolución de la especie humana estuvo el fuego y la capacidad de decidir qué hacer con él.
Aunque tampoco esto de la decisión sea tan exacto, porque según cuenta una leyenda que se recupera en el primer capítulo “fuego”, la primera vez que se prendió el fuego para asar un cerdo fue por azar, por error y porque el hijo retrasado de un porquero chino provocó un incendio en la casa-granja de su padre y al término del magnánimo evento pasó sus dedos por el cuero de un cerdo rostizado y se los llevó a la boca. Así, mientras su padre lloraba desolado, él comentó: “Qué buenos están los cerdos”. Desde ese día, en la familia comenzaron a incendiar periódicamente la granja; luego fueron sus vecinos y la costumbre de quemar casas para mejorar el sabor de la carne del cerdo se extendió tanto que la gente empezó a pensar que la arquitectura se extinguiría como disciplina.
Si la leyenda es cierta o no bien poco importa; aunque admite cierto crédito extra que haya sido extractada de un libro escrito por un tal Lamb (Charles Lamb) -en un ensayo titulado A dissertation about a roast pig- y, también, confirma una mirada de Pollan sobre la evolución; que valida el retroceso como herramienta constructiva y que se maravilla tanto de los hallazgos alimentarios mejor logrados como de las metáforas e historias que los emplatan.
Periodista, activista por la causa ambiental, estudioso de las relaciones de los seres humanos con el mundo natural y profesor en la Universidad de Berkley de un taller de escritura culinaria, su libro es una invitación a volver en sentido opuesto al de la Historia no sólo por cierta vocación revisionista –en el largo periplo que llevó ese conocimiento–  sino también porque Pollan confía en que no existe un futuro mejor sin recuperar ese saber.
En cuatro capítulos señalados por los elementos esenciales – fuego, agua, aire, tierra– se cuenta la historia de la relación que el ser humanos estableció entre los elementos y los alimentos y cómo en esa relación se definió a sí mismo. Apuntando ciertas nociones culturales que despertaron esos vínculos y ciertas reflexiones prestadas por la antropología, la psicología, la filosofía, la gastronomía –Lévi Strauss, Freud, Brillat Savarin aparecen invitados al banquete– se entromete en las cocinas para registrar diversos procesos de transformación y coción, mientras accede a las historias de los cocineros que no son las mega estrellas de la guía Pellegrino sino quienes prometen custodiar un saber hacer histórico.
Ya Anthony Bourdain había propuestos en sus celebrados libros Confesiones de un chef y Viajes de un chef un recorrido narrativo por escenarios similares con un sentido del humor más ácido y mayor oficio en las hornallas –que abreviaba ciertas descripciones de procesos culinarios, acertaba en hallazgos maravillosos capaces de abrir el apetito del lector o hacerle recordar el sabor perfecto de su infancia–. No obstante esto y que el relato de Pollan no termina de definir un ensayo científico, ni una denuncia periodística; tampoco una crónica de viaje por cocinas del mundo ni una enciclopedia o historia de los modos de cocinar, Pollan ofrece una propuesta que recuerda a Reed: take a walk for the wild side, aunque ese lado salvaje es bastante poco habitual: una crítica contra el sistema inscrita en un paisaje aromático, silvestre, diurno. Y ofrece, también, un pensamiento novedoso acerca de las simbologías y la actitud frente al mundo que suscita cada uno de los elementos y las técnicas específicas que ofrecen transformar la naturaleza.
El descubrimiento de que el fuego está signado por cierta heroicidad masculina, por cierta rudimentaria teatralidad en un sacrificio que se resume a: ¡fuego, leña, animales! y una vida compartida al aire libre y, como antípoda, que en el agua –que supone un clima más íntimo desarrollado en interiores (dentro de los cuencos, dentro de las casas, paciente y cotidianamente)–  hay una naturaleza femenina, detallista y sutil, tanto en lo aromático –son tipos de cocción que se integran de plantas, hierbas, especias, vegetales– como en las leves variantes de ingredientes u orden de los mismos que configura las idiosincrasias de las distintas nacionalidades y culturas –variantes que Pollan primero menciona y puntualiza y luego simplifica en una suerte de “sintaxis de los platos de olla” que harían pegarse un tiro a los compiladores de la guía San Pellegrino: que no exactamente gracias a reduccionismos así se llegó a la clasificación mundial de estrellas Michellin– es un gran descubrimiento o, por lo menos, una interesante construcción.
El aire permitió a la especie tomar un puñado de semillas de cereal y elevarlas. Pollan encuentra que la historia de la civilización occidental podría resumirse en el pan, que señala el momento en que la civilización tomó fatídicamente el rumbo equivocado –no se refiere a la creencia depositada en el relato bíblico de la repartición de los panes sino al hecho literal del leudado, que volvió a los alimentos menos nutritivos– y la tierra, en la prescidencia del calor nos provee si no de la calidez hasta aquí resumida al menos de la oportunidad de volvernos menos hipócritas en cuanto a lo que nos gusta comer: moho y fermentaciones que como eufemismos conocemos por cervezas, quesos. Hay en las verdades que ofrece la tierra la posibilidad de un ejercicio inteligente y delicioso de administrar la pudrición de los microorganismos.
Cocinar es una puerta de acceso al recuerdo de que cocinar –el verbo–  ofrece sus ventajas: comer mejor, saber qué se come; intentar restablecer el equilibrio entre producción y consumo; despertar la creatividad; revisar el saber heredado; ubicarse como un organismo más del Universo; estar en un tiempo presente en el lugar de la acción y volver a tener una noción realista del tiempo –cuando las tecnologías a las que nos vinculamos nos ofrecen la opción de salirnos de allí y no estar en ningún lado–. Buscar, encontrar, unir, separar, esperar y, luego, invitar, conversar y compartir, que significa refundar el lazo social roto cuando nos acostumbramos a comer de una lata frente a la pantalla y en soledad.
El proceso de cocinar nos integra al gran ligado del que nos creemos desvinculados porque todo lo que recibimos como comida tiene el lejano perfume a… un fragmento de… un color o forma similar a… el de los seres, plantas, cereales, semillas que existen en el mundo natural. Los itinerarios de acceso a ese mundo están ataviados hoy de góndolas, marcas, paquetes, cámaras refrigeradoras. Los caminos verdaderos deberán ser buscados, conocidos, inventados volvernos artífices de ese trabajo de relación del que cualquier plato de comida casera da cuenta.
Tomar la sartén por el mango tiene connotaciones políticas. Al término de la segunda guerra mundial importamos de Estados Unidos (junto con la cultura en sentido estricto: el arte pop, el rock, la literatura y en sentido amplio: los modos de vestir, vivir, comer) la versión optimista de las bondades de una industria que vendría a quitarnos del tedio cotidiano del quehacer doméstico. Al mismo ritmo que empezaron a entrar electrodomésticos y paquetes en los hogares y nos libramos de faenas tan inútiles como el lavado a mano de la ropa o de la casa se perdió el hábito de cocinar. Esta sustitución de trabajo esclavo por soluciones mágicas en materia alimentaria no fue tan gloriosa por tres razones. Una es la última: por los resultados –el tipo de comida del que nos provee el Mercado está poco interesado en una nutrición saludable y engendró los malos hábitos a la hora de comer y la obesidad como epidemia que hoy padece Estados Unidos y propaga a su paso por el mundo-. Otra es porque el mismo proceso de hacer de comer supone un poder que libera la conciencia. Ya sea que se usado en un sentido zen –que cuando uno corte cebollas solo corte cebollas (actitud que tendría el visto bueno de la corriente mindfull y que el mismísimo Pollan, por más new age que se vea no pudo lograr y gracias a esta incapacidad tenemos un buen libro)– o que, como Francis Mallman, mientras se colocan la carne y los vegetales sobre el fuego se deje vagar la conciencia por otras latitudes, profundidades y disciplinas (que, para el caso, si por algo se le adjudicó a la cocina el prestigioso don de haber sido  el salto cualitativo más importante en la evolución de la especie fue por generar tiempo libre que antes se usaba en digerir alimentos crudos); por lo tanto, dejar de hacerlo supone un retroceso. La última contiene un reclamo genérico: la conquista femenina de retirarse de las hornallas como obligación de especie fue inconclusa si el resultado fue el abandono de la cocina; mucho más interesante hubiera sido el relevo de la posta con los hombres y no sólo por el resultado objetivo de los platos, sino por la comprensión de la significación de un proceso de pensamiento y construcción y destrucción tan cotidiano, importante y efímero como el que supone la cocina.
Cocinar implica volvernos protagonistas en las muchísimas posibilidades de transformarse que tienen las materias y este ejercicio nos hace sujetos pensantes, activos; que calibran, deducen, prueban, ratifican y corrigen errores (si se puede) y si no se lo comen así o empiezan otra vez. La industria nos evita todo esto. La industria pensó para nosotros la comida (y, dicho sea de paso: con más azúcar y sal agregada y más grasa de lo que es considerado saludable; más barata de producir y eficaz a la hora de generar adicción y menos variada de lo que la publicidad pretende vendernos); qué hacer con el tiempo libre -nada. O consumir haciendo de ese tiempo libre un tiempo inmóvil, parasitario- y qué hacer con nuestro tiempo laboral –una sola cosa; la especialización nos volvió hábiles de una sola habilidad-. La suma nos da una impotencia adquirida que beneficia a las corporaciones y nos perjudica como especie.  
Si bien puede ser naife decir que la cocina podría ser una trinchera desde donde luchar contra el sistema –convengamos que el lugar es poco épico y trascendente aunque sea de vital importancia – el recuerdo de que Michael Focault alguna vez habló sobre las micro partículas del poder para referirse a la forma en que el sistema penetra y nos domina debería ayudar a afirmar que el reencuentro con la cocina es la llave para regresar a la libertad, que no porque sí en la Antigua Grecia a los cocineros (y también a los sacerdotes) se les decía mageiros –una palabra que comparte raíces etimológicas con la palabra magia–; hablaba del poder del saber hacer un proceso milagroso.




Nos han dado el trigo


Los mejores trigos crecen en este país. Por sus condiciones climáticas, Argentina, Australia y Canadá son los suelos ideales para sembrar y producir trigo. Culturalmente, este cereal se enraíza en la historia nacional desde el comienzo, cuando lo trajeron a América los conquistadores y la idiosincrasia que resultó de la fusión entre pueblos originarios y los principales afluentes inmigratorios –españoles e italianos y, en menor medida, suizos, alemanes, noruegos, galeses– también afectó en la construcción de la cultura culinaria. Es un cereal que tiene sentido consumir como alimento en un territorio de clima templado frío y que nutre –como hidrato de carbono; solo con ese potencial– y ayuda a templar los cuerpos.
En los últimos años ha comenzado a instalarse como discurso en los medios masivos de comunicación, en los medios de divulgación científica, en papers médicos y en los consultorios de nutricionistas y médicos alternativos que el consumo de harina “hace mal”. La posibilidad de que esto sea cierto o no depende de una actividad que contraría la pereza: habrá que desarmar la masa y volver a identificar los elementos, las instancias y procesos en los que la harina se vincula a otros elementos y su consumo puede ser nocivo. Ahí habrá algo más cierto para decir. Y también será necesario repensar las formas propias de consumo.
Hay una primera cuestión verdadera: la harina no debería consumirse como base en la pirámide nutricional. Esa pirámide alimentaria que se propagó por el mundo occidental y durante décadas se utilizó como criterio para alimentar a los niños en edad de crecimiento apoyada en los cereales fue desarrollada por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos -organismo que controla la producción de cereales en el mundo- en el año 1992; momento en el cual comenzó a desarrollarse en forma geométrica la epidemia de la obesidad infantil en el país que tiene el peor sistema alimentario del mundo y los peores hábitos de consumo (porciones grandes de comida, paquetes individuales, saborizaciones artificialmente, la ingesta desasociada del hecho social de la reunión familiar y asociada a otras actividades que se realizan mientras tanto, como mirar televisión, hacer footing, ir a un museo y que produce el pensamiento de que la comida es un hecho automático; ni meditado ni medido).
Hoy esa pirámide está cuestionada por la OMS, que definió en la base de la alimentación aconsejable el consumo de frutas y verduras. El primer error está entonces en el paradigma de referencia que se utilizó y la información científica que lo propagó.
El molino Campodónico es el molino más grande en la ciudad de La Plata y un productor importante de harinas en el país. Consultado Alejandro Campodónico, uno de sus dueños sobre el momento del proceso en el cual la harina podría convertirse en un alimento nocivo, advierte: “Si el campo no es tratado con agroquímicos para el control de maleza –y en los campos argentinos sembrados de trigo no se usan más que los permitidos por Senasa porque no es complicada la producción de este cereal– la molienda es un proceso natural; tal como viene del campo se descarga, se limpia de materias extrañas u otro tipo de granos y no se agrega nada. Algunas moliendas le agregan encimas para generarle estabilidad a la producción pero no incide en las potencialidades nutricionales del producto ni altera la calidad. El problema real me parece que aparece en los cambios que hubo en el proceso de panificado. Antes para la cocción de la harina se usaban hornos de barro y ahora se usan hornos eléctricos y rotativos; se hacen cocciones más cortas y a más velocidad, entonces la harina tiene que soportar y acomodarse a una pasadora de alta velocidad que rompe las estructuras proteicas… A lo mejor las proteínas de alguna manera no soportan la liberación de ese oxígeno que produce el dióxido de carbono que provoca la levadura y se queda adentro del pan como alimento. Quizás a la harina hay que ponerle algún tipo de aditivo para que soporte ese proceso y se desnaturaliza la harina, pero eso sería en la posmolienda. La harina en sí no tiene conservantes; no tiene grasa ni se enrancia. Tampoco provee las necesidades proteicas, pero porque no son los cereales los que tengan esa propiedad. Por un tema de normativa actual lo que se le agrega hoy en la molienda es un núcleo vitamínico. De alguna manera, así se garantiza que la población consuma las vitaminas que quizás no puede consumir de otro modo. Se le ponen también a la leche. Si bien no es la manera más natural, compensa una carencia existente por la falta de acceso de la población a otro tipo de alimentos. Y es mejor darle el núcleo vitamínico de esa manera que el hecho de que no consuma vitaminas”.
Otra voz autorizada en el tema es la de Silvia Elena Lerner, Ingeniera Agrónoma, ex investigadora de la Universidad Nacional del Centro y de la UBA, dedicada a conocer la calidad de las harinas y la genética de las variedades de trigo, que da la clave para entender esto: “en la producción de trigo, la relación entre productividad y calidad es inversamente proporcional y no se le paga la calidad del trigo al productor. Muchas variedades de trigo se eligen con un criterio rentable: que sea resistente a los fertilizantes y que sea subsidiario de la soja. Es decir, se eligen trigos de cosechas rápidas, cortas, que en diciembre están listas y que luego permiten sembrar soja, aportándole a esa cosecha propiedades que el trigo deja. Por otro lado, la demanda en el mercado de productos de una apariencia mejor significa que hay que borrar el rastro desparejo del trigo, utilizando blanqueadores, por ejemplo. Y luego, en la posmolienda, para lograr la textura aireada que queremos encontrar en los panes lactales que a veces compramos como saludables porque tienen semillas hay agregados de gluten porque la variedad de trigo requerida tiene bajo gluten. La apariencia no tiene que ver con la calidad.
En su completo y fundamental libro ¿Qué come mi hijo?, el médico especialista en nutrición Lucio Tennina, advierte que los niños no pueden comer sino lo que los padres estén dispuestos a permitir que coman y lo que ellos mismos consumen. Por eso, recomienda que la familia funcione como un núcleo trinchera contra el avance del Mercado que evite el consumo de los derivados procesados industrialmente, con procesos sobre los que el consumidor no tiene noción o injerencia; que sea un lugar de lucha contra los propios errores alimentarios como forma de permitirles una herencia en salud. Tennina señala tres momentos clave en el desarrollo biológico, en que los adipositos (células grasas) tienen una mayor tendencia a aumentar en cantidad y volumen y a fijarse la estructura de un cuerpo. El primero de estos momentos es el tiempo comprendido entre la alimentación complementaria (a partir de los seis meses de edad) hasta que el bebé tiene doce meses. El segundo, entre los cinco y siete años (fundamental porque es el incio de la escolarización y cuando empieza a tomar contacto con otros niños y sus formas de alimentarse, cuando “comienza la contaminación alimentaria”). El tercero es en el comienzo de la adolescencia.
En estos momentos, especialmente, pero a lo largo de la crianza de los niños en que la alimentación depende de lo que les provean los padres como alimento, debe tenerse en cuenta que aquello que no se cocina; que se compra hecho como derivado tiene el riesgo de contener ingredientes que no podemos determinar exactamente qué son, cómo se vinculan a los que estamos eligiendo que consuman porque estimamos en ellos un poder nutricional que sí nos interesa ni que riesgos produce esa forma de producirlos, aunque los estándares industriales que se expliciten al dorso de los paquetes nos prometan alimento. “El trigo, el más insípido y maleable de todos los cereales por su gran contenido en gluten, va a ser introducido no sólo en los productos de panificación sino también en fiambres, quesos, helados, poco relacionados con los cereales. Los almuerzos y las cenas van a saturarse de productos empanados: patitas de pollo, milanesas de pescado, bollitos de espinacas, alimentos de muy fácil preparación, de aspecto inocente y saludable y sumamente adictivos. Las clases sociales más informadas han ido tomando conciencia y tratan de mejorar sus conocimientos para evitar el sobrepeso y la obesidad, pero las clases bajas siguen pensando que el azúcar es lo que engorda y que un producto se vende libremente, con alto contenido de cereales no puede ser algo malo”.
Miguel Cardós, profesor en la cátedra de Cereales de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNLP, comenta que en la cuestión alimentaria el problema no está en qué se le agrega a la harina, sino en a qué otras cosas se les agrega harina. “Hoy hay demasiados productos de los que circulan en el mercado que están mezclados con harina por una condición que tiene la misma llamada palatibilidad y que es la sensación que se siente al morder un alimento. La harina tiene esta condición y por el hecho de ser inolora e insípida permite integrarse otros sabores, sin estorbar y redondeando su sensación al paladar. Ninguno de todos los otros cereales ni seudocereales tiene esa posibilidad. El maíz es dulce y cualquier cosa que se le agregara, se notaría; el arroz no leuda; la quinoa o amaranto no se integran ni producen gluten”. Por esta razón cuando se habla del consumo de harinas en la dieta de un país tienen que pensarse no sólo los productos cuya base es la harina sino todos aquellos que la contienen traficada. Mucho más cuando otros alimentos (verduras, carnes) reducen su potencialidad de absorción cuando se combinan con harina en una misma comida.
En Argentina se produce y consume trigo por una cuestión cultural. Alejandro Campodónico que probablemente el proceso de obtención de harina de quinoa sea mucho más simple por tratarse de una molienda integral; más simple, incluso, que la molienda de trigo. Sin embargo, el consumo no justifica ese tipo de producción”. La cuestión cultural incide en que si bien los costos de producción no estén tan distanciados, la rentabilidad aparezca, en este caso, dada por una demanda idiosincrática. Pero es necesario diferenciar algunas cuestiones en esta asunción de que el consumo de trigo sea un patrón cultural. Porque uno es el hecho arraigado que nos dio un tipo de idiosincrasia gastronómica, alimentada y perfeccionada por modos de cocinar de los descendientes de italianos de la primera oleada inmigratoria y de suizos, noruegos, franceses, alemanes que poblaron nuestras pampas con la segunda oleada inmigratoria y que han sido las recetas con las que se dado calor, alimento, combustible a un pueblo.Y otro  –muy distinto en calidad – es el patrón de conducta alimentaria actual, promovido por el mercado, la industria alimentaria y la publicidad que se traducen en un sinfín de snacks saborizados, edulcorados, salados, coloreados ofrecidos en las góndolas como si se tratara de verdaderas opciones cuando, en definitiva, provienen de la misma mezcla de sal, azúcar y harina, que es un veneno a corto y largo plazo para quien lo ingiera y que, combinado con alimentos verdaderos –fruta, verdura, proteína– dificultan la absorción de los nutrientes que tienen estos últimos alimentos y que modifican los metabolismos, sobre todo en etapas de crecimiento.

Soberanía alimentaria puede significar tantas cosas, que sería bueno ir definiendo de qué estamos hablando cuando apelamos a esa bandera que tan bien nos hace quedar. Como principio, no estaría mal que sumemos en la lista de ítems que le dan cuerpo a la bandera: el control de las producciones propias y, fundamentalmente, la capacidad de replantearnos si necesitamos la comida que le conviene al Mercado producir. Y como otra cuestión central habrá que apuntar el hecho de recuperar el hábito, el gusto y placer por la cocina, que es una pieza esencial en esta cadena de revertir los malos hábitos que se han inculcado en la población derivados del consumo de harina. Porque no es lo mismo el pan que se logra luego de un amasado casero, con harina y levadura, que es predecedero y que no podremos hacer revivir más de una vez una vez cocido que ese pan de apariencia saludable decorado con semillas que es resistente al envejecimiento; cuya contextura es más blanca y su textura más palatible, que tranquiliza nuestra conciencia. En ese pan –que además es más caro– ha habido modificaciones para que el pan sobreviva al tiempo. Para advertirlo es necesario recordar el proceso verdadero. Y mientras no se cocine; mientras no se recuerde lo que sabíamos y se recupere ese poder; mientras se deje el hacer (y el precio) en manos del mercado, ganará el consumo del discurso engañoso. La forma de revertir la impotencia adquirida con respecto a una actividad tan esencial y vital para el ser humano, que se repite entre dos y seis veces por día, con suerte todos los días de la vida, en todas las clases sociales, las casas, los géneros, requiere volver a meter las manos y experimentar.